“Asunción es el lugar ideal para volverse un beodo”, filosofaba un visitante que gozaba del calor y la oferta alcohólica en nuestra ciudad. Yo no me indigné, porque esto de ser un borracho, por lo menos a gran cantidad de hombres, ofende muy poco, y las mujeres, con sus raras liberaciones, van entrando dentro de lo mismo. Basta ver, principalmente el estado de los jóvenes los sábados a la noche, las ofertas de “canilla libre” y “damas gratis” que abundan para captar más clientela.
En Paraguay gustan las combinaciones mortales y torpes: moto con alcohol, sexo con alcohol, fútbol con alcohol, tekorei con alcohol. Después vienen las tragedias y lloramos al muerto preguntándole a Dios “¿por qué?”.
Eso de que “el consumidor elige” no existe en nuestra cultura; aquí se nos maneja, se nos impone. El ataque publicitario no tiene límites y nadie nos defiende. Muy lógico, en un mercado libre todo se permite en pos de un progreso que nunca llega. En Paraguay no tenemos políticas públicas de prevención, de control; no hay campañas especializadas para detener la venta brutal de alcohol. Los partidos de fútbol son la ocasión ideal para ganar viciosos. En el Mercado 4, cuando juega Paraguay, ya no se venden 3 ó 4 ñoños; ahora son cajones de cerveza. ¿No era que estábamos en crisis? Las empresas cerveceras explotan el fanatismo del hincha, que ese día –obnubilado, dopado de antemano, volando por las nubes– paga lo que sea. Siempre se induce al público a tomar hasta emborracharse: “Con una copa no alcanza”, o algo así, reza un cartel gigante frente a un club en plena avenida Mcal. López. El deporte y el alcohol son y serán incompatibles, sin embargo, el negocio es redondo como la pelota. Siempre hay una razón para beber: si gana, para festejar; si pierde, para olvidar.
Y todo y nada que decir sobre los que manejan o buscan sexo bajo los efectos del alcohol (la consecuencia son los accidentes de tránsito y las violaciones, las peleas, etc., que nos desayunamos todos los días. ¿Esta es la sociedad que queremos? Hacen tanto lío mediático sobre despenalizar o no la producción y el consumo de otras drogas (cuestión netamente de capitales) y nada se hace contra los estragos que causa legalmente el alcohol.
Recuerdo que la directora de la Senad de Brasil, durante una entrevista, me detalló el plan impecable que ellos vienen desarrollando en contra de las empresas dedicadas a la venta de alcohol –empresas modernas, esos bloques nacionales y multinacionales de abierta perversión programada–. Brasil, a lo largo de su inmensidad territorial, lucha férreamente para bajar la tasa de muertes provocadas por el alcohol. ¿Y nosotros no podemos con 6.000.000 de habitantes? En nuestras cuevas gubernamentales las leyes y su aplicación se cocinan con lentitud sospechosa. En algunos países, las penas por conducir en estado de ebriedad van desde quitar de por vida el carné hasta la confiscación de su vehículo o la cárcel. Esas son soluciones útiles, rápidas y plausibles.
Nosotros, como grupo social, tenemos la obligación de ayudar con pequeños grandes actos: no más niños al kiosco a comprar cerveza, ni tanto alcohol en las fiestas familiares.
Queridos lectores: Que esta Semana Santa, los que decimos ser católicos, les demos prioridad a la reflexión y la austeridad, no a la comida y al “fondo blanco”. Y los no creyentes, si aprovechan para descansar, aporten respeto y moderación. Que la Pascua llegue con alegría para todos y no con duelos.
Lourdes Peralta
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