Después de leer El Mundo según Monsanto, de la investigadora francesa Marie-Monique Robin, uno no puede más que aceptar casi con vergüenza lo poco que hemos hecho en el Paraguay desde los medios de comunicación para generar conciencia sobre el avance arrollador de los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) en nuestra producción agrícola. El Paraguay figura hoy, con los EE.UU., Argentina, Brasil, Canadá, India, China y Sudáfrica, en el selecto club de las 100 millones de hectáreas de soja transgénica cultivada. Un dudoso honor que genera no pocas controversias éticas.
Y eso que tuvimos la advertencia reiterada de algunos quijotes solitarios, como el Dr. Joel Filártiga, o las propias organizaciones campesinas afectadas, pero siempre, salvo honrosas y escasas excepciones, hemos preferido mirar hacia otro lado. Total, la gran bonanza financiera que trajo el boom de la soja en los últimos años lo justificaba todo. Incluso la muerte cruel de Silvino Talavera de 11 años, el 7 de marzo de 2007, en el departamento de Itapúa, luego de ser literalmente bañado por la fumigación de los campos vecinos a su humilde rancho. Un caso que, si bien tuvo condenas en primera instancia, todavía espera que se haga justicia con la familia del menor.
Sin embargo, el tema de fondo es todavía más complejo y casi nadie se anima a tocarlo. De hecho, en ocasión de la reciente visita de la Sra. Robin, nuestras autoridades no tuvieron mucho tiempo de atenderla, y se limitaron a un par de actos protocolares a los que se dio relativa trascendencia mediática. Total, estábamos todos más preocupados por la interna feroz de los liberales y pendientes del resultado del durísimo partido contra Ecuador en Quito.
Lo que el libro y un documental de Marie-Monique Robin denuncian es en realidad un sistema de dominación que pasa por el monocultivo y termina en la pérdida de la seguridad alimentaria de un país, con todo lo que ello significa. No por una cuestión de maldad gratuita o un plan siniestro para dominar al mundo, sino simplemente por unas ambiciones de lucro que no conocen de límites. Para demostrarlo, la investigadora se remonta a los albores del siglo pasado buceando en los orígenes y en el ascenso de la empresa fundada por químico autodidacta John Francis Quinn en 1901.
Como cualquier investigación, las páginas de El Mundo según Monsanto pueden ser discutidas por quienes se ubican de uno u otro lado de la licitud o no del cultivo de la famosa soja transgénica, pero lo que no deja de sorprender es la escasa atención que los políticos, los periodistas y, finalmente, la sociedad, le hemos dado a un asunto que es de vital importancia para nuestra salud y para el futuro de nuestros descendientes.
Por lo menos hay que escuchar lo que dicen expertos como el agrónomo argentino Walter Pengue, quien asegura que “el objetivo de este modelo es únicamente aprovisionar de forraje a las grandes ganaderías industriales del norte y acarrea el desarrollo de cultivos que amenazan la seguridad alimentaria de los países del sur”. Una opinión respetable que, dada por algún dirigente local, sería rápidamente descalificada por quienes siempre parecen tan dispuestos a defender a los verdaderos dueños del mundo.
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