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Querido Papá

Soy una de esas personas privilegiadas con la gracia de una infancia feliz.


La infancia no es solamente un tiempo en el que andamos más o menos protegidos, cuidados, guiados y especialmente amados. Es, como creo que cualquiera lo sabe, el periodo más trascendental de nuestras vidas. Es el que marca nuestras personalidades, nuestras seguridades y rotundamente condiciona (evito decir determina) nuestros valores, nuestras capacidades, nuestro carácter y nuestra ética.

Reitero, yo que nací en el exilio y en un hospital público donde ni siquiera había cunas suficientes y me pusieron en un viejo lavamanos, que no tuve niñeras ni institutrices, que empecé la primaria en una modesta escuelita de barrio y la continué en la Escuela República Argentina, donde las goteras ya nos acosaban y los baños eran una mugre. Aquí donde me ven, sigo atesorando el patrimonio de una infancia inmensamente feliz.

Porque mi mamá era una adorable idishe mome, que tenía dos grandes amores: nosotros y los libros, no era buena cocinera, ni sabía coser vestiditos, ni tenía paciencia para jugar a las muñecas conmigo, pero se tomó el trabajo de enseñarnos a leer y escribir y sumar y restar con tanta ilusión que mi hermano y yo descubrimos el encanto de andar entre lápices y papeles, letras y números.

Y, por sobre todo, porque tuve un papá super-hiper-ultra, un papá que, así como supo jugarse por sus ideales altruistas y libertarios, los instaló en la familia. Mi papá hacía de cada sobremesa familiar una tertulia fascinante, contaba historias, recitaba poemas, imaginaba viajes, nos llevaba de la carcajada a la nostalgia, y nos hacía sentir su cariño enorme.

La llegada cotidiana de papá era el alegrón de cada día. Siempre de buen humor, siempre con risas. En mi casa no se escatimaban abrazos y “tequieros”. En mi casa no había miedos, porque siempre había dos pares de brazos donde refugiarse.

Tuve luego el infortunio de perder muy joven a mi esposo y, con ello, ver sufrir a mis hijos de 10 y 5 años la ausencia tremenda de su padre. Puedo asegurarles que es imposible cubrir ambos roles, que cuando un papá falta deja un vacío irreparable, que abarca mucho más que lo material, y las idas al “Defensores”, y la opción por Olimpia o Cerro, y las conversaciones “de hombre a hombre“, y el ir de pesca, y el estreno de la primera ”taquilla“, o quien te llame ”mi princesa“, o te cante las primeras ”canciones románticas”, o ponga cara de malo cuando ronda un ”amiguito”.

Un papá es muy, muy, muy importante. Y si perderlo causa heridas irreparables en el alma, ¿cómo serán las de saber que prefirió no amarnos?

pkostianovsky@abc.com.py


pepa kostianovsky

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Ultima actualizacion:
26/04/2009 00:00:00