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El tren rojo Revista de poesía

“No puedes librarte de lo que escribes”, reza un pasional verso del poeta Esteban Cabañas. Pero tal vez en este verso esté cifrado algo más que una sentencia del oficio del poeta, tal vez en este verso, casi endemoniado, se halle resumida la fuerza creadora que ata una cadena esencial entre la palabra y el tiempo, entre la palabra y la inspiración. O más directamente, entre el hombre y su alma.


El director de la nueva revista literaria: El tren rojo, Ricardo de la Vega, encuentra “que entre el griterío que lo domina todo, hay espacios no hollados por la vulgaridad y el latrocinio, espacios nunca derrotados como si fueran islas rodeadas de tierra o islas sin mar o seres humanos aislados, de garras tendidas en ademán de asir”.
Y, si “al parecer, las palabras echan a perder las mejores cosas”, ¿por qué escribir? ¿Por qué seguir arrastrando esa fe terca y rebelde en la palabra, como las ruedas chirriantes de un tren cuyo destino es insistir en circular, sin saber adónde las llevará el destino?
Creo yo, que cuando el poeta advierte aunque sea una pequeña señal de la belleza está conjurado a seguirla, allí donde se esconda, allí entre esos espacios no hollados. Lo que percibieron los poetas que estacionan temporalmente en estas páginas es precisamente eso, una belleza que solo es visible para los ojos y la mente que tienen el don de la sensibilidad, una belleza que se abastece invisiblemente de la resistencia, del valor, de la búsqueda de la libertad, de la clarividencia de reconocer el abismo que hay entre amar y bastardear la palabra.

Por algo, el poeta Cátalo Bogado nos recordó las palabras de Whitman: “Canto y me celebro a mí mismo. Y lo que diga de mí, lo digo de ti, y cuanto yo señale como mío, debes señalarlo como tuyo, porque si no, pierdes el tiempo escuchando mis palabras”.
Esta invitación a hermanarnos a través de la palabra es lo que proclama El tren rojo. Celebrarnos en nuestra epopeya diaria al terminar el día arduo y difícil, venciendo heroicamente la aceptación del mal, venciendo la aceptación de la injuria y del deshonor, venciendo la dejadez y la llanura, el mal globalizador de la mediocridad.

Por algo, Jorge Kanese, no olvida a Enrique Blanchard, quien le escribió en una carta personal: “La poesía existe donde la realidad no existe”. Por algo, Miguel Ángel Fernández señala con un dedo acusador las ocultaciones, las omisiones y los equívocos de la historia de la literatura paraguaya y descubre a Rafael Barret, a Heriberto Fernández, y a Carmen Soler. Por algo María Eugenia Garay vence al dolor, a la crueldad y a la tragedia en El preso político y lo convierte todo en un poema al valor, al heroísmo, honrando la fe de un hombre que se juega solidariamente por los demás, dándole la espalda a la muerte.

Es entonces, cuando Luis María Martínez reconoce que el poeta Vicente Lamas “elevaba por encima de las contingencias momentáneas los valores de la humanidad, orientados hacia el progreso y la libertad”, mientras el poeta Genaro Riera Hunter, desde su Cárcel interna, clama: “El infierno interno no tiene privilegios/florece donde puede./Cualquier luz le viste/ cualquier luz le alimenta/vibra en el remolino de los vientos/ama la vida negligentemente”.

Pero sucede que en ese mismo momento Jacobo Rauskin observa cómo “Dos albañiles miran la obra en construcción./Ponen la mano en la muralla/que sube un poco más/todos los días” y los advierte... Perdidos. Es allí cuando El tren rojo los encuentra. Irresistible es no imaginarse dentro de La locomotora roja de Gilberto Padrón, tan vital para ser el dibujo de una fantasía, tan empapada de rojo y azul, para serpentear el riel de la ilusión.

La poesía existe, todavía hay hombres y mujeres que creen en ella.

Bienvenida sea esta nueva revista de poesía. El viaje se inicia desde la Editorial Arandurá, y parte... adonde la imaginación la lleve.

Tren rojo

El poema siempre es parte
de una pesadilla.

Te diré por qué.
Un sueño genera otro
y otro y otro.


No puedes librarte de lo que escribes.
Continúa adentro de tu cabeza,
se refugia en los meandros,
escribes aun cuando sueñas.

Vas describiendo el camino
sobre las veredas,
en las murallas,
en la hoja de los árboles
sobre la piel de un hombre.

No se detiene el agua
que lo diluye,
ni la arena que el viento
hace desaparecer de un soplo.

Ni el aire
que lo convierte en humo.
Cuando al final
parece concluir
comienza de nuevo
no hay forma de eludir
esa lectura interminable.

El poema.

Esteban Cabañas (El náufrago insumiso, 1998)

irina ráfols
irina_rafols@hotmail.com


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03/05/2009 00:00:00