Con Sabino Augusto Montanaro volvió un pasado presente inevitable que se sostiene en la impunidad del saqueo y la sujeción hasta ahora del sistema público a sus coordenadas. Para muchos jóvenes recobra sentido un tiempo que marcó a sangre y fuego nuestro país y que es ocultado por los poderes aún sujetos al régimen. Entre las múltiples demandas, la recuperación de los bienes malhabidos parece el mejor castigo.

Reflejo fiel de la uniformidad y disciplina del régimen stronista se observa en esta foto que corresponde a una convención colorada, donde estaba prevista la presencia del dictador y sus secuaces, entre ellos Montanaro.
¿Tenés en la mente la imagen de Montanaro? ¿Te acordás de él, enérgico, todopoderoso?, pregunta Hugo Ritcher, del Partido Convergencia Popular Socialista, al lado del asador casual por el Día de los Trabajadores en el local de dicho partido, el economista Víctor Barone. Ninfa, trabajadora social de 28 años, no logra ubicar con precisión la imagen de aquel ministro de Interior. Es algo vago, la figura que se imagina una persona de un hombre que ha impuesto su sello en la historia.
¿Viste cómo llegó? Tullido, michimi, un anciano.
“Es el tiempo..., implacable”, murmura Barone.
Un mediodía de sol nítido. El microcentro se despuebla y el olor del asado inunda los barrios. Fabricio Armella, de la juventud comunista, 20 años, llega con un corte en el rostro que le propinaron los cascos azules. Najeeb Amado, el secretario general del partido, comenta lo ocurrido e invita a los demás a sumarse a la manifestación nocturna frente al hospital policial “Rigoberto Caballero”.

Los rastros de la atrocidad pueden verse en las heridas de esta persona torturada.
Montanaro había llegado de madrugada, en silla de ruedas, a sus 86 años, un 1 de mayo, y con él regresaba un mundo inapelable: el régimen stronista (1954-1989).
Una mujer, en soledad, porta, frente al policlínico, un cartel: “Necesitamos 10 ministros como Montanaro”.
Juan, carpintero, padre de seis hijos, observa, en su casa de Reducto, San Lorenzo, indignado por televisión y se plaguea, con unos cuantos tragos encima: “¿qué nos pasa, por qué lo que somos tan pacíficos los paraguayos?”.
Juan recuerda con precisión a Montanaro. De él y de la dictadura stronista tiene una imagen más que estética. Le había afectado el operativo tijera de los 70, había sufrido los descuereos en el cuartel y padecido la explotación impune en una de las empresas de Blas N. Riquelme.

El “Cuatrinomio de oro” secundando al dictador Alfredo Stroessner. A su izquierda, Sabino A. Montanaro.
Gustavo, su hijo de 24 años, observa con detenimiento el noticiario. A cada reclamo de las víctimas parece alumbrarse en él una revelación: 400 desaparecidos. ¿Qué habrá pasado con ellos, se pregunta? “Este badulaque tiene que devolver todo lo que nos robó”, reacciona Juan, el padre, ante las imágenes de Montanaro poderoso, al lado de Alfredo Stroessner y el “Cuatrinomio de oro”.
En la televisión, también en soledad, se lo ve al abogado Darío Filártiga, apoderado del Partido Colorado, viceministro de Montanaro, relajado, despreocupado, en una residencia plácida. Sin necesidad íntima de justificar aquel pasado y como seguro de que el sistema judicial en nuestro país es una madeja que enebró la propia dictadura stronista, suelta: “El (Montanaro) es una buena persona, yo le agradezco, ahora está anciano. El solo ejecutó una política de Estado...”.

Una de las manifestaciones contra la dictadura pocos años antes de su caída. La presión ciudadana fue aumentando con el tiempo.
Sabino Augusto Montanaro llegaba, inesperado, para recordarnos un tiempo largo de exilios, asesinatos selectivos, boom financiero, Guerra Fría, folclorización de la cultura popular y la última etapa de consolidación de la economía agroexportadora y reexportadora.
Un tiempo de saqueos bárbaros, de entrega de unas cinco millones de hectáreas de la reforma agraria a los cuates del régimen, coroneles, empresarios, generales y empresarios agrícolas brasileños con los que el capitalismo del vecino país extendió su red allende el Paraná.
Ya en los 80, la dictadura stronista había llegado a su formato ideal. En el Ministerio de Interior buena parte del trabajo sucio lo había desarrollado el antecesor de Montanaro, Edgar L. Ynsfrán: la muerte del secretario general del Partido Comunista, Antonio Maidana, el encarcelamiento sine die del capitán Ortigoza (aleccionador para sujetar a las FF.AA.), la aniquilación de los movimientos armados, el destierro de los colorados contestatarios...

Voluntarios durante la búsqueda de desaparecidos durante la represión.
Montanaro, ministro desde el 66, continuaría el trabajo con un sistema sólido que una década después actuaba ya por inercia.
En lo económico, el boom de Itaipú y la apuesta a la exportación de carne y granos a gran escala dan una factura superior al diezmado volumen económico. Las financieras nacen como hongos y las mansiones también. El contrabando de todo tipo de mercadería (incluidas armas y drogas) genera un ejército de trabajadores “cuentapropistas” y un ejército de coroneles y generales supermillonarios. Fuerzas Armadas y Partido Colorado sometidos, la prepotencia del régimen se naturaliza con folclorismo nacionalista, machista, y atizando el cuco al comunismo.
En los ochenta, todo el régimen se caracteriza por el saqueo y la prepotencia, su sello oficial. Todo el sistema público (policía, justicia, hospitales...) funciona con padrinos. Si no, el hambre, el destierro, la miseria y la cárcel. Los “hijos de...” pueden todo, incluso quitarte la vida.
QUÉ HACER

Ramón Duarte Vera, otro temible de la dictadura stronista, al parecer guardará silencio hasta la muerte sobre los desaparecidos.
“Montanaro debe ir a la cárcel”; “él ya es anciano, ¿por qué tiene que ir a Tacumbú?”. “Que se pudra en el infierno”. Son interrogantes y afirmaciones que alimentan la opinión y la memoria de estos días. Si la dictadura se montó para el saqueo, ¿la recuperación de los bienes malhabidos no sería el mejor castigo?
AVENTAJADO DE LA GUERRA FRÍA
Durante el período de Sabino Augusto Montanaro, el régimen stronista llegó a consolidar el régimen de tortura, secuestros y matanzas que había comenzado durante el jefe anterior, Egdar L. Insfrán.
La escuela de tortura implementada por el régimen paraguayo había sido sofisticada en la Escuela de las Américas, un organismo incubado por EE.UU. para contrarrestar los movimientos populares de los ’60 y ’70. Sabino era cabeza visible del “cuatrinomio de oro” que se hizo, en el último período del Partido Colorado, provocando el distanciamiento del histórico “tradicionalismo”, encabezado por Juan Ramón Chaves.
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