Ana Karenina
León Tolstoi
– Espera. Comprende que esto para mí es cuestión de vida o muerte. Con nadie puedo hablar, excepto contigo. Somos diferentes en todo, sé que me aprecias y yo te aprecio mucho también. Pero, ¡por Dios!, sé sincero conmigo. Levin no podía sentarse, pestañeando con fuerza para dominar sus lágrimas, y volvió a instalarse en su silla. Comprende, esto no es un amor vulgar. He estado enamorado, pero no como ahora. Es una fuerza superior a mí que me lleva a Kitty. Me fui de Moscú porque pensé que eso no podría ser, como no puede ser que exista felicidad en la tierra. Luego he luchado conmigo mismo y he comprendido que sin ella la vida me será imposible. Es preciso que tome una decisión.
— ¿Por qué te fuiste?
— La felicidad me ha convertido casi en un ser indigno. Lo terrible es que nosotros, hombres ya viejos y con un pasado... y no un pasado de amor, sino de pecado... nos acercamos a un ser puro, a un ser inocente. ¡No me digas que no es repugnante! Por eso uno no puede dejar de sentirse indigno.
– Y no obstante a ti de pocos pecados puede culpársete.
– Y sin embargo, cuando considero mi vida, siento asco y me maldigo y me quejo amargamente... Sí.
– Pero ¡qué quieres! El mundo es así –dijo Esteban Arkadievich.
– Sólo un consuelo nos queda, y es el de aquella oración tan bella de que siempre me acuerdo:
“Perdónanos, Señor, no según nuestros merecimientos, sino según tu misericordia”. Levin bebió el vino de su copa.
– Llegó poco después de irte tú y se ve que está enamorado de Kitty hasta la locura.
– Perdona, pero no comprendo nada ––dijo Levin, malhumorado.
– Calma, hombre, calma –dijo Arkadievich, sonriendo y dándole un golpecito en la mano–. Te he dicho lo que sé. Pero en un caso tan delicado, la ventaja está a tu favor. Levin, muy pálido, se recostó en la silla.
– Yo te aconsejaría terminar el asunto lo antes posible –dijo Oblonsky, llenando la copa de Levin.
– Otra palabra –insistió Arkadievich–. Arregla el asunto lo antes posible; pero no hoy.
Vete mañana a la mañana, haz una petición de mano en toda regla y que Dios te ayude.
Ahora lamentaba profundamente haber iniciado aquella conversación con Oblonsky, pues se sentía herido en sus más íntimos sentimientos por lo que acababa de saber sobre las pretensiones rivales, como por los consejos y suposiciones de Arkadievich. Oblonsky, comprendiendo lo que pasaba a Levin, sonrió.
- Pues sí, hombre: las mujeres son el eje alrededor del cual gira todo. Mis cosas van muy mal. Y también por culpa de ellas. Vamos: dame un consejo de amigo –añadió, sacando un cigarro y sosteniendo la copa con una mano. Se trata de lo siguiente: supongamos que estás casado, amas a tu mujer y que te seduce otra...
– Dispensa, pero me es imposible comprender eso. Sería como si, después de comer aquí a gusto, pasáramos ante una panadería y robásemos un pan. Los ojos de Arkadievich brillaban más que nunca.
– ¿Por qué no? Hay veces en que el pan huele tan bien que no puede uno contenerse. Hablo en serio. Se trata de una mujer, de un ser débil enamorado, solo y sin medios de vida que me lo ha sacrificado todo.
– Dispensa. Ya sabes que para mí las mujeres se dividen en dos clases... Es decir.. no... Bueno, hay mujeres y hay... En fin: nunca he visto esos hermosos y débiles seres caídos; pero de los que son como esa francesa pintada, con sus postizos, huyo como de la peste. ¡Y todas las mujeres caídas, son como esa!
– ¿Y qué me dices de la del Evangelio?
– ¡Calla, calla! Nunca habría Cristo pronunciado aquellas palabras si llega a saber el mal uso que había de hacerse de ellas. De todo el Evangelio, nadie recuerda más que esas palabras. De todos modos, no digo lo que pienso, sino lo que siento. Aborrezco a las mujeres perdidas. A ti te repugnan las arañas; a mí, esta especie de mujeres.
– Hablar así es muy fácil. Pero negar un hecho no es contestar una pregunta. Dime, ¿qué debo hacer en este caso? Tu mujer ha envejecido y tú te sientes pletórico de vida. Casi sin darte cuenta, te encuentras con que no puedes amar a tu esposa con verdadero amor, por más respeto que te inspire. ¡Si entonces aparece el amor ante ti, estás perdido! Y entonces, ¿qué hacer?
– No robar el pan tierno. Esteban Arkadievich se puso a reír.
– Mi opinión sincera es que no hay tal drama. Porque, ese amor... esos dos amores... que, como recordarás, Platón define en su Simposion, constituyen la piedra de toque de los hombres. Unos comprenden el uno, otros el otro. Y los que profesan el amor no platónico no tienen por qué hablar de dramas. Es un amor que no deja lugar a lo dramático. Todo el drama consiste en: «Gracias por las satisfacciones que me has proporcionado, y adiós». En el amor platónico no hay tampoco drama, porque en él todo es puro y claro.
Levin recordó en aquel momento sus propios pecados, y añadió inesperadamente:
–Al fin y al cabo, tal vez tengas razón... Bien puede ser. Pero no sé, decididamente no sé...
ACTIVIDADES SUGERIDAS
- Extrae el tema y realiza una síntesis de dos renglones del fragmento.
- Nombra los personajes que intervienen en el diálogo del texto.
- ¿Para ti como tiene que ser el amor?¿Qué partido tomas entre las opiniones del fragmento? Argumenta .
- Entresaca los detalles que dan a conocer el contexto en el que se desarrolla el diálogo.
- Explica oralmente las expresiones: “un pasado de pecado, a causa del cual Levin siente repugnancia e indignidad” y “el mundo es así”.Investiga la regla rusa para nombrar personas masculinas y femeninas.
- Comenta qué puedes hacer para que el mundo cambie en los aspectos negativos (adulterio, “el hombre no debe perdonar ninguna”) que entiendes.
Frase de hoy: “El poder, cuando es excesivo, siempre dura poco” Lucio Anneo Séneca
Prof. Luis A. Kallsen
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