Como decía el gran educador paraguayo Adriano Irala Burgos, el hombre es un haz de posibilidades. Algunos eligen ser científicos, otros eligen ser homosexuales, otros prefieren ser panaderos; otros, asesinos, como miembros de una orquesta con instrumentos infinitos. Lo que importa es que todo lo que seamos lo hagamos con dignidad. Así, de un modo u otro iremos siendo menos malos, por lo menos, un poco menos.Esta es la historia de un hombre que, habiendo nacido en cuna de oro, decidió ser un mendigo.
No faltó quien le criticara su actitud, diciendo que lo que hacía era para llamar la atención y que, en definitiva, estaba completamente loco. Se trata del hombre de la lámpara, nacido en Sinope, hoy Italia. Su nombre: Diógenes. Este hombre, efectivamente, andaba con su lámpara encendida, en pleno día y a pleno sol y cruzándose con los hombres que encontraba a su paso les colocaba su artefacto muy cerca del rostro, mirándolos fijamente; luego con un gesto de desdén proseguía su camino. A quien le preguntaba sobre su actitud, respondía invariablemente “estoy buscando al hombre digno”.
Como decía mi maestro Adriano Irala Burgos, el hombre es un haz de posibilidades. Algunos eligen ser científicos, otros eligen ser homosexuales, otros prefieren ser panaderos; otros, asesinos, como miembros de una orquesta con instrumentos infinitos. Lo que importa es que todo lo que seamos lo hagamos con dignidad. Así, de un modo u otro, iremos siendo menos malos, por lo menos, un poco menos.
Esta es la historia de un hombre que, habiendo nacido en cuna de oro, decidió ser un mendigo. No faltó quien le criticara su actitud, diciendo que lo que hacía era para llamar la atención y que, en definitiva, estaba completamente loco. Se trata del hombre de la lámpara, nacido en Sinope, hoy Italia. Su nombre: Diógenes.
Diógenes, efectivamente, andaba con su lámpara encendida, en pleno día y a pleno sol y, cruzándose con los hombres que encontraba a su paso, les colocaba su artefacto muy cerca del rostro, mirándolos fijamente; luego, con un gesto de desdén, proseguía su camino. A quien le preguntaba sobre su actitud, respondía invariablemente:“Estoy buscando al hombre digno”.
Habiendo donado cuanto recibió por herencia, sostenía que todo lo que los hombres deseaban, aquello por lo cual eran capaces de matar, era superfluo. Aparte de su lámpara, que era en realidad una candela, solo tenía un jarrito para beber agua. Un día, vio a un niño que bebía en los cuencos de su mano en un arroyo y arrojó su jarrito para siempre.
CON ALEJANDRO
Sea que haya estado loco o no, Diógenes era muy consecuente con su manera de pensar. Vivía en un viejo tonel. Cuando Alejandro Magno, quien fue discípulo de Aristóteles, pasó por la zona y se enteró de que no muy lejos estaba el filósofo extravagante, decidió visitarlo. Era temprano, pero el sol ya había salido. Alejandro se puso frente a su tonel y lo contempló: “Pídeme lo que desees y te complaceré”, exclamó el conquistador; “sí, replicó el filósofo, que te apartes, me estás quitando la luz del sol”. Nunca sabremos si esta anécdota es cierta. De serlo, tampoco sabremos por qué Alejandro no lo hizo degollar allí mismo.
Un amigo de antaño, de la época en que aún era rico, estaba una vez comiendo un asado. Diógenes le pidió algo de comer; el aludido le arrojó un zoquete. Diógenes, entonces, levantó una pierna y le orinó en la espalda, como un perro. Muchos decían que el filósofo sentía que sus harapos eran de tejido aurífero. Tal era su soberbia.
Diógenes estaba muy lejos de ser un simple menesteroso; si donó sus riquezas a los necesitados, era porque estaba absolutamente convencido de que los bienes materiales envilecen al hombre. Su doctrina es conocida como “cinismo” y, aunque resulta difícil de creer, tuvo algunos seguidores.
OTRAS ANÉCDOTAS
Diógenes se burlaba públicamente de los políticos y sostenía que estos eran siervos del pueblo, pero también se burlaba del pueblo, afirmando que este era presa de pasiones corruptas. En realidad, la gente le esquivaba, temerosa de que el de la lámpara le gritase alguna maldición.
Se cuenta que Platón, en ocasión de estar dando una clase de Filosofía, definió al hombre como a un bípedo implume. Diógenes lo escuchó, se desnudó, hizo un quiriquiquí, como un gallo, y gritó “¡He aquí el hombre de Platón!”.
Desdeñaba sin retaceos a la nobleza, despreciaba todo lo que a su alrededor reivindicaba la gloria y odiaba todo tipo de conveniencia social. Toda ostentación de lujo y comodidad, consideraba Diógenes formas execrables de degradación.
Parece que le encantaba mendigar. En cierta ocasión, le pidió a un amigo que le convidara con lo que estaba comiendo. Como el amigo, que en realidad habrá sido ex amigo, tardara en convidarle, le gritó: “¡No te estoy pidiendo para mi entierro!”.
Otra vez observó cómo unos soldados arrestaban a un hombre que había robado un candelabro de bronce de un templo; se burló de la situación, comentando que era así como los grandes ladrones hacían apresar al pequeño. Han pasado más de dos mil años y si Diógenes aún viviera, podría observar que la cosa sigue siendo igual.
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