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UNA LECTURA NACIONAL

En nombre de los niños de la calle

“¡No sean imbéciles! Si todas estas publicaciones se investigan estaremos fritos y metidos en Tacumbú por el resto de nuestros días.Tenemos que ser más astutos que este tipo y sacarlo del camino”.Así y mucho más vociferaba el senador Hilguera en la secreta reunión preparada sólo para los cuatro hombres de la Fundación “Asunción sin Niños de la Calle”. Todos estaban vestidos de negro.


Nelson Aguilera
Carlos Antonio Hilguera era hermano del senador. Sus ojos de tigre hambriento, de devorador de vacas chaqueñas, brillaban como fogatas enardecidas por las leñas del odio. Carlos Antonio consiguió la riqueza de los Hilguera gracias a los abigeatos realizados de las estancias más prósperas del Chaco paraguayo. Era un hombre listo, siempre amable y trepador. Había conseguido que su hermano Honorio militara en el Partido Colorado y se consiguiera un puesto en el departamento de San Pedro, al cual llegó a representar primeramente como diputado y posteriormente como senador, aunque él era oriundo del departamento de Ñeembucú.

San Pedro es uno de los más pobres del Paraguay, con millares de campesinos sin tierra, a quienes con mucha facilidad Honorio Hilguera convenció de que votaran por él, prometiendo lo indecible y ofreciendo asados, cervecitas en latas y cincuenta mil guaraníes por cada cédula de identidad. Y así, esa procesión de hombres y mujeres carcomidos por la ignorancia y la miseria se acercaron a las mesas comiciales a apoyar a un monstruo que se bebería no sólo la sangre de sus hijos, sino hasta el futuro de sus bisnietos.

La astucia de Carlos Antonio Hilguera no conocía límites. Entre lisonjas, hurras y propinas se consiguió el cargo de Administrador General del Ministerio de Educación y Cultura de la República del Paraguay. Una de sus funciones consistía en recibir los préstamos o la ayuda en efectivo de las organizaciones internacionales para luchar en contra del analfabetismo de los niños campesinos descalzos, cuyos intestinos iban siendo perforados lenta e inexorablemente por los parásitos que, en ocasiones, bañados del duodeno, buscaban sitios más arriba del esófago para luego darse una escapada por la nariz o la boca de la víctima. Estos niños también eran presa de la ignorancia de sus padres, del maltrato doméstico y hasta de la muerte.

Carlos Antonio siempre se salía con la suya; no podía ver dinero y menos aún dinero que perteneciera al Estado paraguayo. Tenía un hambre feroz por el tesoro estatal; estaba viciado de codicia y era adicto a las manipulaciones ilegales de los fondos que no le
pertenecían. Sus cómplices eran los cambistas, que pululan como hongos en el centro capitalino y en las fronteras.

Ellos, astutamente, recibían los fondos prestados o donados, los hacían trabajar hasta sacarles la última gota de intereses, que eran repartidos entre ellos y Carlos Antonio Hilguera, quien quedaba con el 80% de las ganancias. Unos días después no tardaría en aparecer sus declaraciones en cualquiera de los matutinos capitalinos: “Hemos recibido un fondo del Banco Iberoamericano, que será destinado a la construcción de aulas para las poblaciones rurales de menos recursos, construcción de sanitarios y apoyaremos los proyectos de capacitación permanente de docentes que serán licitados en forma pública y transparente. Claro que todo esto fueron sólo discursos, discursos fantasmales perdidos en la farsa de los documentos firmados con la mano y borrados con el codo. Todo es prostituible en este gran quilombo paraguayo. Esas súper aulas fueron construidas con materiales de segunda y en los recibos aparecieron como los de mejor calidad, cuyas compras habrán sido hechas de acuerdo a la cotización de la libra esterlina o quizá fueron hechas en la misma capital inglesa. Los lujosos sanitarios fueron hechos a un kilómetro de las aulas. Fueron llamados “Lujosos sanitarios” a vulgares letrinas, que para muchos niños eran realmente lujosos, porque hasta ese momento hacían sus necesidades en los yuyales y se limpiaban con hojas verdes o secas. Y lo de los proyectos de capacitación permanente de docentes no ha sido otra cosa que la farsa de la repartija, consistente en otorgar los proyectos a amigos o amigas capaces de compartir sus haberes con la “Corona”, quien imponía la nominación de los cargos exigidos por los organismos internacionales.

Si el proyecto era de de quince mil dólares, el 30% era llevado por el amigo trabajador, la otra tajada de 30% para Carlos Antonio Hilguera por haber sido tan buen administrador, y el 40% restante a autoridades más encumbradas, cuyos salarios legales no sobrepasaban ni 2.000 US$. Sea como sea, los docentes fueron capacitados por capacitadores que se pasaban diciendo a los maestros que ellos ya sabían todo luego y que deberían trabajar en grupos y presentar sus conclusiones en los famosos papeles sulfito. Las capacitaciones eran similares a los dolores de muela. Eran un parto sin dilatación y sin lubricación. Los capacitadores eran el producto más fidedigno de una fábrica encargada de producir estúpidos e idiotas, cuyos objetivos eran los mismos y ni se atrevieron a variarlos a través de los años. Carlos A. Hilguera, artífice de la administración paraguaya, con 55 años, panza de sapo embarazado, envuelto en traje negro y su humeante habano entre sus gruesos labios amarronados como un esfínter. Todo su cuerpo y alma manchados de sangre, de engaños, subterfugios y de la misma mierda del infierno, donde sigue balbuciendo sus maldiciones en contra de los periodistas, donde su esposa y sus dos hijos no soportaron vivir y resolvieron emigrar, donde ahora viven sencilla y honestamente como cualquier hijo del vecino. Ellos habían decidido enterrar en vida al padre y esposo Carlos Antonio Hilguera con su dinero malhabido, con sus revuelcos en los lupanares más caros de la pequeña y conservadora ciudad de Asunción, y con su nombre fabricado a expensas de la ignorancia de la niñez paraguaya.

Al lado de Carlos Antonio estaba el marido de María del Carmen Yáñez Olivetti, el arquitecto Roberto Medina Oddone, dando delicadas chupadas a su negro habano. Era él quien había contactado con los sicarios brasileros, cuya espera se hacía larga y obligaba a los honorables miembros de la fundación a extender el tiempo entre chistes y anécdotas extramatrimoniales.

La frase de hoy: “Tres cosas son difíciles en esta vida: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo”. Anónimo
Prof. Luis A. Kallsen


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15/05/2009 00:00:00