Recordamos en esta edición la esencia de nuestra tarea como educadores, que tiene que ver con la importancia que damos al entorno social y familiar de nuestros alumnos/as. Y además, con el compromiso que asumimos al tener la oportunidad de influir en ellos con el ejemplo, en la formación de valores positivos, y brindarles la atención y cariño que necesitan.
Es importante tener en cuenta que los alumnos, con el correr de los años, difícilmente recuerden quién era su profesora/or más erudito o intelectual. Ellos, sin dudas, recordarán con certeza qué les hicimos sentir en el fondo de su corazón. Si fueron apreciados, escuchados, tratados con respeto y teniendo en cuenta su realidad, tan diferente en cada ser humano. Sin dejar de lado la faceta muy importante respecto a su adquisición de conocimientos, debemos tener presente que, en muchos casos, nuestros alumnos y alumnas necesitan, hoy más que nunca, recibir, antes de dar, aquello que la sociedad espera de ellos. La indiferencia no soluciona nada. Es parte del problema. Cuando dudemos en involucrarnos para saber qué sucede en la vida de un alumno que, quizá, no responde en cuanto a conducta y rendimiento, tomemos el camino que nos lleva realmente a ese alumno. Vale la pena.
El siguiente caso es algo que miles de maestros han experimentado a través de años, y muchos de quienes lo lean tendrán anécdotas parecidas. Quienes no se deciden a involucrarse más pueden meditarlo, cambiar de actitud, y descubrirán que los niños o niñas mal llamados “difíciles”, también tienen mucho para brindar, y cosas maravillosas que podemos descubrir.
Un alumno difícil
Recuerdo que había en la escuela un niño de lo más travieso, de esos que nunca aprendían y que pasaba de grado con un cartel que decía: “insufrible”. Al llegar a séptimo grado, la maestra era yo, como siempre. Al principio lo noté reacio, porque tenía fama de ser una maestra que exigía mucho. Con el transcurrir del año noté que se dormía en clase. Era turno matutino y decidí hablar con él. Fue así que me contó que al salir de la escuela trabajaba en un taller mecánico hasta las 11 de la noche, con apenas 12 años. Analicé su caso y comprendí que la raíz cuadrada y la literatura no le iban a servir de mucho y comencé a trabajar en el aula de forma individual con él, dándole cosas de la vida cotidiana: aprender a sumar, restar, multiplicar, a saber leer un diario; le enseñé las abreviaturas de los avisos clasificados, lo enriquecí con lo del día a día.
Era muy bueno y muy dulce, y si se dormía, lo dejaba, pues no podía más de cansancio, pero pasó algo en él. Cambió, dejó de dormir por estudiar lo que yo traía para él, y mi sorpresa fue a fin de año en la graduación, cuando me trajo una canastita de regalo que guardé por años. La escondió en la dirección y no se animó a dármela, pero lo busqué para darle las gracias.
Aún recuerdo cuando lo encontré en el pueblo. Paró su bicicleta para darme un beso y decirme que me extrañaba y no dejaba de recordarme con amor. Hoy, desde lejos, lo recuerdo con el mayor de los cariños y sé que su vida de trabajo habrá mejorado, porque creo que lo que aprendió le permitió ir hacia adelante.
Estoy convencida de que si entendemos a nuestros alumnos, podemos darles más, sin estar tan estructurados en un programa que no es el mejor para todos, ni para todos los casos.
Fuente: Maestros Sin Fronteras
Prof. Carolina Dalles
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