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LA POLILLA AZUL

Defendamos la alegría

SALAMANCA. Escribir un obituario es difícil, y también es uno de los géneros (¿será?) más fáciles. Todo consiste en decidirse a recopilar las frases hechas y los lugares comunes que se acostumbra utilizar en estos casos: “ciudadano ejemplar”, “empresario honrado”, “político incorruptible”, afirmaciones que no se las cree ni el propio sujeto de tales elogios. Aunque no importa, porque ya está muerto.


El otro camino es el que se hace cuesta arriba. Se busca evitar los elogios fáciles y las notas meramente sentimentales porque respetamos, admiramos, queremos, todo a la vez, a la persona que deseamos recordar a través de unas líneas.

Este es el caso de Mario Benedetti, el poeta uruguayo (antes de un campeonato de fútbol en los años treinta le decían “orientales”) que acaba de fallecer en Montevideo, una ciudad en la que vivió todos los años que le permitieron sus largos exilios, algunos obligados, otros, empujado por la necesidad de eludir el acoso de las dictaduras que se establecieron en Uruguay al mismo tiempo que en todos los países de Sudamérica y se desató la violencia irracional que impusieron los militares y los inventores del Plan Cóndor.

Aquí en España, donde vivió algún tiempo, la prensa le dedicó páginas enteras y hasta dio paso a la polémica cuando el poeta Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, dijo que la obra de Benedetti “está fuera del pensamiento poético”. La respuesta más inteligente la ofreció el escritor Benjamín Prado, quien dijo que “Benedetti escribió entre 20 y 30 poemas que son fantásticos y eso es muchísimo para un poeta. Evidentemente no toda la obra es buena, pero es que tampoco lo es la de Neruda o la de Alberti”.

La biografía del poeta no es heroica, ni sufrida, ni dramática, hechos que suelen provocar la aparición de la palabra poética. Nació en Paso de los Toros, en el departamento de Tacuarembó, el 14 de setiembre de 1920. Tenía solo cuatro años cuando la familia se trasladó a Montevideo y su padre le envió al Colegio Alemán, donde aprendió no solo el idioma, sino el cuidado, la precisión y el esmero en el trabajo. Pero su padre le retiró del mismo cuando Mario le dijo que todas las mañanas le hacían formar en el patio y debían saludar con el brazo en alto a un retrato de Hitler.

En su vida hizo de todo, hasta trabajó de vendedor de repuestos para automóviles y habrá sido en esas oficinas donde fue construyendo su libro “Poemas de oficina”, que se publicó en 1956. Ya en 1945 había publicado su primer libro: “La víspera indeleble”.

Su obra incluye no solo poesías, sino también relatos breves, ensayos, obras de teatro y novelas. Una de ellas, “La Tregua” (1964) que diez años más tarde fue llevada al cine por Héctor Alterio y fue nominada ese año al Oscar a la mejor película extranjera que fue otorgado a “Amarcord” de Fellini. Pero son sus poemas lo mejor de su obra, los más populares, los más conocidos y hasta fueron cantados por Joan Manuel Serrat, en su álbum “El sur también existe”, o bien Daniel Vigletti, aunque con menor fortuna.

Su poesía es sencilla, directa, transparente, lo que no quiere decir que sea superficial ya que cala hondo: “Mi táctica es/ hablarte/ y escucharte/ construir con palabras/ un puente indestructible/ (...) Mi estrategia es/ en cambio/ más profunda y más/ simple./ Mi estrategia es/ que un día cualquiera/ no sé cómo ni sé/ con qué pretexto/ por fin me necesites”.

A pesar de todas las desilusiones y los golpes que le dio la vida: su mujer, Luz, a la que acompañó hasta el último segundo, murió víctima del Alz- heimer y él fue desmoronándose poco a poco por un asma obsesiva, hasta que finalmente se quebró el pasado 17 de mayo, en Montevideo, a los 88 años de edad, dejándonos su esperanza: “Defender la alegría como algo inevitable/ defenderla del mar y las lágrimas tibias/ de las buenas costumbres y de los apellidos/ del azar y también, también de la alegría”.

jruiznestosa@gmail.com


Jesús Ruiz Nestosa

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22/05/2009 00:00:00