Fue una de las grandes figuras de la ópera nacional. Cautivó con su voz muchos escenarios. Su energía era innata, natural. Su sola presencia bastaba para conquistar al público. Nació con ese don divino y lo único que hizo fue seguir su destino. María Clotilde Balmelli Guggiari, una voz excepcional.

Por supuesto que no hay nada que pueda sustituir la emoción de una representación operística, pero también en los recitales y en los conciertos se puede cautivar al público. María Clotilde lo hacía. Le gustaban mucho los conciertos y los recitales, justamente porque le daban una tremenda libertad y la hacían sentir más cerca del público. Sesenta años de carrera la ubican como una excelente cantante. Sesenta años en los que prevaleció la música y la docencia en

Junto al maestro Florentín Giménez.
su vida, porque no sólo demostró cualidades artísticas, sino también formó alumnos brillantes, que luego deslumbraron en escenarios nacionales e internacionales. Todos la recuerdan con especial cariño, como un puntal esencial en su desarrollo y posterior fama. ¿En qué andará ahora María Clotilde Balmelli?, fue la pregunta que nos llevó hasta su casa, ubicada sobre la calle Humaitá. Si bien se confiesa reticente a conceder entrevistas, “nunca lo hice, en sesenta

Un bello primer plano.
años, es la primera vez; nunca me gustó”, esa regla la rompió con ABC Revista. Luego de aclararnos con vehemencia esta concesión, nos invitó a pasar a su sala donde un imponente y antiguo piano, perteneciente a su madre, formaba parte del mobiliario hogareño. Y comenzamos por el principio para saber más de ella, de su carrera. Su primer encuentro con la música no fue precisamente buscando sobresalir o triunfar, fue por salud. Lo hizo con Sofía Mendoza, quien, al escucharla, no dio muchas esperanzas porque tenía una voz muy chiquita. Pronto, a siete meses de estudio, ese concepto cambió radicalmente. Hizo su debut escénico con Carnaval de Venecia en el Teatro Municipal y lo hizo magistralmente, tanto que Sofía Mendoza se apresuró a tenerla nuevamente entre sus filas, pero la renuencia de su padre la condujo a ser su propia representante. Tenía solo 9 años cuando cantó “Me llaman merengue” ante Getulio Vargas, polémico e importante político

Cuando tenía 9 años. Con la galera que su padre había usado el día de su boda.
brasileño del siglo XX. Tararea las letras con exactitud... “Me llaman merengue y no sé por qué, si por mi elegancia o por mi jaqué...”. Ese día se presentó con una coreografía enseñada por su tío José P. Guggiari, político del Partido Liberal, y lució la misma galera que su padre, Carlos V. Balmelli, había usado en su boda. Comenzaba una prolífica carrera a la que seguirían conciertos para obras de beneficencia y presencias en bodas, en encuentros de mandatarios en el Palacio de Gobierno, en teatros. Al poco tiempo, audicionó delante de más de 20 profesores de prestigio que la llevaron a usufructuar una beca en el Colón de Buenos Aires, donde demostró su talento durante siete años, hasta que una enfermedad de su madre la obligó a regresar. “Fueron años muy lindos”, rememora. A pesar del revés, su calidad artística no decayó, y los éxitos continuaron en nuestro país. En esta ascendente trayectoria, la influencia de su madre, María Mercedes Guggiari, fue crucial.

En el Colón de Buenos Aires.
“Era una profesora de piano recibida en Montevideo con medalla de oro; ella me ayudó a progresar”, cuenta con emoción. A lo largo de la entrevista, esta reacción sería una constante. El recuerdo de sus padres la llenaba de lágrimas. “Tuve unos padres extraordinarios”, repetía. “Me dieron todo lo que pudieron”. Aun así se precia de ser una persona sencilla, a la que lo material le pasa por alto. “Al final, todos somos iguales. Siempre digo que cuando me vaya de este mundo quiero el cajón más barato y que todo lo mío sea destinado a los pobres”. Como todo gran artista, su sensibilidad respecto a todo lo que la rodeaba le permitió transmitir la música como pocos han sabido hacerlo. Hace cinco años dejó de cantar, no obstante dio una demostración, a capela, de lo que todavía es capaz. “Dios es mi alegría”, fue la canción con la que nos deleitó en su sala. Aquella “voz chica” que calificaron en sus comienzos, indudablemente, con los años se convirtió en una voz imponente y expresiva. “Nunca usé micrófono para cantar”, dice con orgullo. Con María Clotilde Balmelli me queda la sensación de que no escatimó sus recursos, y de que tan solo dejó fluir la gran cantante que es. Sensación que se confirma después de escucharla.
Si bien gozaba del respeto de renombradas personalidades, jamás recurrió a ellas, todo lo que consiguió fue por sí sola. Su último concierto lo dio en el Colegio Goethe. Después pasó a dedicarse exclusivamente a la docencia. Se adecua a los horarios de quienes la eligen. Por lo demás, mira televisión, en especial los dedicados a la palabra de Dios. “Uno de mis escenarios predilectos era la iglesia”, confiesa. Allí se sentía como en casa. “Era la gloria para mí”, asegura. La Catedral, La Encarnación, San José fueron algunos de los templos donde su voz resonaba para regocijo de los feligreses. También se reúne con sus hermanas a tomar el té o asiste a reuniones familiares, pero su hogar es su mayor confort. Allí encuentra paz. Tiene un hermoso jardín y un orquidario. “Nunca me quejé de nada. No puedo quejarme. Sólo le tengo que dar gracias a Dios”.
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