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¿Exportar cinco camisas o un kilo de algodón?

Me sorprendió el impacto que tuvo, en una entrevista televisada que me realizaron, un ejemplo, que ya utilicé alguna vez, de la diferencia que hay entre exportar materia prima y exportar productos industrializados. A veces no nos damos cuenta de que lo que nos parece obvio, por nuestra profesión o porque lo hemos estudiado, no lo es tanto para los demás. También me percaté de que el ejemplo no está lo suficientemente aprovechado y no se perciben todas sus consecuencias.


De un kilo de algodón salen unas cinco camisas en promedio. La cantidad varía para más o para menos dependiendo del tipo de tela, el grosor del tejido y otras variables. Parece exagerado, pero es así; para comprobarlo pueden agarrar cualquiera de sus camisas y pesarla, porque el algodón es muy liviano, así que un kilo es una cantidad muy respetable.

Suponiendo que el kilo de algodón se pague a un dólar, que es más o menos lo que suele pagarse, y las camisas puedan colocarse a diez, la diferencia es ya de por si significativa. Exportar un dólar en materia prima contra exportar cincuenta dólares en manufacturas. Las cifras son por supuesto imaginarias, pero la proporción es real.

Tan real es esta proporción que constituye la fundamental diferencia entre los países pobres y los países ricos. Esos cuarenta y nueve dólares de diferencia son los que permiten a los países ricos capitalizarse. Así se inicia la espiral del desarrollo.

Ese es el ejemplo tal como lo utilice y es de por sí bastante significativo para ejemplificar la diferencia entre exportar materias primas y exportar productos industriales, a la que los economistas llaman “valor agregado”; pero contado así solamente se centra solo en los beneficios económicos de la exportación y no da una idea cabal de sus efectos en creación de puestos de trabajo y, en consecuencia, desarrollo social.

El conjunto de efectos es mucho más amplio y voy a tratar de resumirlo: el campesino que cultivó y cosechó el algodón sigue ganando al menos lo mismo. El acopiador y la desmotadora siguen trabajando igual. Para llegar a la camisa, el kilo de algodón pasará por la hilandería y la tejeduría. Finalmente llega al confeccionista, de ahí a los puestos de venta nacionales o a los importadores internacionales.

Además, la industria no para porque haya sequía o inundaciones. No es estacional y no depende del clima. Así que el país no depende de los caprichos meteorológicos y el Estado contaría con recursos para socorrer a los productores primarios ante un año catastrófico, como el que por ejemplo padecemos ahora por la sequía.

Cada uno de los pasos, entre el algodón y la camisa, ha ido generando rentabilidad a cada una de las actividades implicadas, pero también puestos de trabajo, sueldos de trabajadores e impulsando el desarrollo al generar no solo mayor producción, sino también mayor consumo y mayores ingresos para el país en su conjunto.

Las cinco camisas de nuestro kilo de algodón han pasado en su camino, desde el campesino hasta la tienda que finalmente lo vende, por las manos de al menos treinta trabajadores, desde los campesinos hasta los vendedores pasando por los trabajadores fabriles, que si el algodón se hubiera vendido como materia prima, simplemente no tendrían trabajo. Multiplique la cifra por toneladas de algodón y por millares de camisas. Nuestro millón de desempleados y subempleados comenzarían a encontrar ocupación en un abrir y cerrar de ojos y al haber más demanda de trabajo también los salarios subirían.

Supongo que este ejemplo explica claramente las causas de que yo crea que una economía rural, basada en la exportación de nuestras materias primas sin elaborar, no es la solución sino el problema de nuestro país, y que la única salida económicamente inteligente para conseguir progresar, para sanear financieramente el país y encontrar soluciones socialmente viables para lograr mejorar sustancialmente los abundantes desajustes sociales que padecemos es la industria.

Como somos un país pequeño, nuestro modelo de desarrollo industrial tiene que estar basado necesariamente en la exportación, inspirado en el modelo de desarrollo de los Tigres Asiáticos que se industrializaron en tiempo récord. Si nos limitamos a nuestro mercado interno nunca seremos competitivos. No solo no seremos competitivos en el mercado internacional, tampoco en el mercado interior, donde los productos importados tendrán, como está ocurriendo actualmente, mejor precio que los de producción local.

La obsesión agrarista que hace que tanto nuestra izquierda como nuestra derecha se aferren a la tierra como solución para el país, que los sectores sociales se aferren a la reforma agraria y los grandes propietarios se aferren a la producción extensiva y la exportación en bruto de materias primas es una apuesta a cada vez más pobreza y cada vez más desajuste social.

Aferrándonos a la tierra hemos llegado al callejón sin salida en el que estamos, y mientras la tierra siga siendo nuestro horizonte no llegaremos a ninguna otra parte que al mismo sitio donde estamos anclados: en la pobreza económica y el malestar social.

rolandoniella@gmail.com


Rolando Niella

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Ultima actualizacion:
31/05/2009 00:00:00