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¿Qué se puede esperar de los niños de la calle?

De un tiempo a esta parte, las esquinas y semáforos de Asunción tienen una población cada vez más numerosa conformada por los niños y adolescentes de la calle. Unos están manejados por adultos, sean padres, parientes o simplemente holgazanes explotadores que los vigilan desde sus escondites en las esquinas. Otros están simplemente librados a su suerte y al azar del destino cotidiano. Una encuesta revela que el 87,8% de los niños y adolescentes de la calle conoce el maltrato físico: el 46,7% conoce el de tipo sicológico o emocional, y el 27,2% el maltrato sexual. Dice, además, que entre el 30 y 40% del total de niños y niñas que viven en las calles realiza actividades que están en infracción con la ley y consume toda clase de drogas.


De un tiempo a esta parte, las esquinas y semáforos de Asunción tienen una población cada vez más numerosa conformada por los niños y adolescentes de la calle. Unos están manejados por adultos, sean padres, parientes o simplemente holgazanes explotadores que los vigilan desde sus escondites en las esquinas. Sin pudor los obligan a mendigar bajo un régimen que hasta podría decirse de esclavitud, dada la manera sistemática como se viene dando. Otros están simplemente librados a su suerte y al azar del destino cotidiano.

Unos presentan rostros desnutridos, agobiados, compungidos por la presión de llevar dinero a sus casas para que sus padres lo inviertan no pocas veces en bebidas alcohólicas o maten el vicio de fumar. No pocos presentan evidentes signos de maltrato. De hecho, una encuesta realizada el año 2007 –pero divulgada solo recientemente por el Consorcio Ludoca, que reúne a las organizaciones Grupo Luna Nueva, Don Bosco Róga y Callescuela– revela que el 87,8% de los niños y adolescentes de las calles conoce el maltrato físico; el 46,7% conoce el de tipo sicológico o emocional, y el 27,2%, el maltrato sexual.

Algunos de los menores demuestran ser agresivos y violentos, capaces de cometer cualquier desmán. Parecieran estar predispuestos a rayar vehículos, reventar neumáticos y vidrios. Cuando menos, saben muy bien de agresiones verbales o señas de grosería que lanzan contra los remisos a las limosnas. En este sentido, ese mismo trabajo de campo habla de un dato revelador: “Entre el 30% y 40% del total de niños y niñas que viven en las calles realiza actividades que están en infracción con la ley y consume toda clase de drogas. En todos los casos, no conocen ni accedieron a servicios estatales de salud y educación, por falta de alternativas ofrecidas”.

Concluye el material citado que: “Por una parte, la ausencia de adultos referentes entre ellos/as significa la ausencia de ley social y moral; por otra, las instituciones que deben ser vigilantes de un sistema de protección, muchas veces, más que defensoras de sus derechos, son las primeras en estigmatizarlos y revictimizarlos, fortaleciendo el círculo de exclusión y de permanencia en la calle”.

En estas condiciones, estos niños son “hijos de la calle”, donde la vía pública y la intemperie son sus hogares y escuelas. ¿Acaso ya no se dan frecuentes denuncias de robos en los que participan menores como “pirañitas” y adolescentes como “caballos locos”?

Como árbol que crece torcido, será más que difícil reencaminar a quienes han tenido una academia formidable para delinquir: la vía pública al amparo de la oscuridad y el acecho de los inescrupulosos.

Si dos años atrás las calles del área metropolitana tenían estimativamente 7.500 niños con ocupaciones que van desde la mendicidad hasta la venta ambulante, ¿cuántos albergan hoy? Y surge otro interrogante que al parecer en nada preocupa a las instituciones del ramo: ¿qué serán de ellos cuando lleguen a los 16, 18 ó 20 años?

Las autoridades del sector, encabezadas por la Secretaría Nacional de la Niñez y la Adolescencia, la fiscalía del menor, los jueces del menor, la Policía Nacional y las varias decenas de organizaciones no gubernamentales y fundaciones dedicadas a la infancia, ¿acaso no tropiezan cada día con niños que pululan en las calles? Debería, cuando menos, darles vergüenza pasar por lugares en que merodean estos menores mientras ellos se dirigen a sus oficinas a preparar folletería de lujo, cursos de capacitación para funcionarios y pagar costosos consultores, sin que los resultados concretos se noten en las calles.

La ministra de la Niñez, Liz Torres, anunció poco antes de asumir el año pasado que dentro de sus prioridades están los niños en situación de calle, y habló de medidas y planes a largo plazo que puedan resolver las causalidades de fondo como el trabajo de los padres y la educación gratuita, etc. También dijo que se necesitaban medidas urgentes. Todavía no llegan y han pasado casi nueve meses.

“Hoy, cuando este hombre de fe y este laico comprometido con su tiempo atravesaba la ciudad, ha visto una vez más lo que nos llena de pena y vergüenza. Los niños de la calle (...). Y me interpelé. ¿Cuánto nos demoraremos en dar respuesta a esta situación?”, dijo por su parte en su discurso inaugural el presidente de la República, Fernando Lugo, el 15 de agosto de 2008. Se comprometió a que los niños de la calle y los indígenas iban a tener su “atención personal”, pero a casi un año de su gobierno, la mala situación y el número de ellos, a ojos vista, se han multiplicado.

Al parecer, sus colaboradores y los responsables todavía no se han inmutado ni parece preocuparles el tema. A ciencia cierta, hasta ahora nadie sabe ni siquiera la cantidad de niños que hay en la calle. De momento, todavía sigue firme y fuerte “el monstruo de la miseria que los condena” a seguir viviendo y aprendiendo en la mejor escuela para la delincuencia. En estas condiciones, ¿qué se puede esperar de los niños de la calle, de quienes es el futuro de la patria? La respuesta es triste y dolorosa y, sobre todo, augura al país una situación peligrosa.


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02/06/2009 00:00:00