Jorge Luis Borges nace en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Es hijo del abogado Jorge Guillermo Borges y de Leonor Acevedo, con antepasados ingleses y criollos. El padre es librepensador, la madre es de prosapia conservadora. La familia se muda desde el Centro porteño a una quinta en Palermo, antes de que naciera Norah, la hermana del escritor. Esa casa será frecuentada por Macedonio Fernández, Evaristo Carriego, Enrique Banchs, Manuel Gálvez, Alfredo Palacios y Alvaro Melian Lafinur. En ese momento Georgie tenía sólo dos años.

En un poema escrito en 1929 y explícitamente dedicado a “La fundación mitológica de Buenos Aires” (después cambió el adjetivo por “mítica”), Borges cuenta cómo descubrió a su ciudad natal: primero, en los libros de historia que leyó en el colegio; después, en su propia experiencia.
La identificación del poeta con su ciudad se hace explícita en la cuarta estrofa, donde impugna la versión de los libros de historia, según la cual Buenos Aires habría nacido junto al Riachuelo, es decir, en el barrio portuario de La Boca:
Pero son embelecos fraguados en La Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y sudestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.
(Cuaderno San Martín, 1929; o. c., 81)
“Poeta de barrio popular”
Esa manzana es la de su casa, en el 2135 de Serrano. En una conversación de 1964 con Napoleón Murat ofrece estos recuerdos de Palermo:
“Cuando yo era niño, la ciudad terminaba allí, a 50 metros de mi casa. Había un arroyo bastante sucio llamado Maldonado, después unos terrenos baldíos, y la ciudad comenzaba de nuevo en Belgrano. Lo que había entre el Puente Pacífico y Belgrano no era el campo –esa palabra sería demasiado hermosa- sino terrenos baldíos y pequeñas villas. El barrio era muy pobre. En la calle Serrano había sólo tres casas que tuvieran dos plantas y patios. Se tenía la sensación de estar al borde de la ciudad. Cuando escribí la biografía de Carriego, busqué a personas ancianas, que me contaron una cantidad de historias de aquellos días, historias que tenían que ver con el tango, etc. Sin embargo, y esto es bastante raro, no tengo recuerdos personales de esas cosas… (Murat, 1964, 373)
En su biografía de Carriego, poeta de barrio popular, Borges incluyó también una descripción de Palermo, tal como habría sido a finales del siglo XIX. En su descripción hay quizás un eco de lo que el lugar pareció a Georgie, algunos años después. Usando y quizás abusando de un recurso retórico, la hipálage –en la cual una cualidad de un objeto es desplazada hacia otro objeto– Borges escribe:
Hacia el confín con Balvanera, hacia el este, abundaban los caserones con recta sucesión de patios, los caserones amarillos o pardos o rosados con puerta en forma de arco –arco repetido espectacularmente en el otro zaguán- y con delicada puerta cancel de hierro. Cuando las noches impacientes de octubre sacaban sillas y personas a la vereda y las casas ahondadas se dejaban ver hasta el fondo y había amarilla luz en los patios, la calle era confidencial y liviana y las casas huecas eran como linternas en fila. (Carriego, 1930; o. c., 108-109)
La familia de Borges era una familia culta y acomodada. Había una institutriz inglesa llamada Miss Tink y una abuela también inglesa en cuya biblioteca en el suburbio residencial de Adrogué hizo Borges sus primeras lecturas. Recuerda un jardín “detrás de una verja con lanzas” y “una biblioteca de ilimitados libros ingleses”. Su anglofilia data sin duda de esa época; aprendió a leer en inglés antes que en español, y el inglés siguió siendo la lengua en que leía con preferencia. El niño terrible que había en él hasta ha llegado a declarar que no hace falta conocer ningún otro idioma porque la literatura inglesa contiene o resume todas las cosas. Recordaba que su abuela lo sentaba en el regazo para leerle revistas infantiles inglesas. Sus cuentos favoritos eran los que se referían a animales, especialmente tigres, quizá los precursores de los tigres de pesadilla que pueblan su obra. Un querido amigo y mentor fue su padre, Jorge Borges, hombre múltiple: abogado, lingüista, psicólogo, traductor y autor de una novela olvidada, El caudillo. Su espíritu ágil e inquieto –era también un brillante orador- iluminó toda la infancia de sus hijos. De vuelta de alguna visita al zoológico, Borges y su hermana Norah se quedaban fascinados escuchando sus melodiosas recitaciones de Yeats y Swinburne. Durante años los niños prodigios fueron educados en casa a causa del temor que tenía Jorge Borges de las enfermedades contagiosas en la escuela. Fue tal vez el ambiente tan enclaustrado de la familia el que hizo de Borges un niño introvertido y sugestionable. Cuenta una de sus biógrafas, a cuyo librito ameno debemos este retrato de infancia, que lo asustaban las máscaras y los espejos. Había al pie de su cama un gran espejo en cuyas imágenes múltiples veía los espectros de fabulosos animales prehistóricos.
En los días de carnaval solía mirar furtivamente desde la seguridad de su jardín hacia la calle, donde ruidosos enmascarados llenaban el aire con ruidos de tambores y bulliciosos juegos en que se lanzaban agua unos a otros. Quizás había ya tenido alguna mala experiencia con las máscaras: Madre confió a Alicia Jurado (su biógrafa) que Georgie sólo una vez aceptó disfrazarse, cuando chico, y que insistió –tal vez significativamente- en que fuese de diablo.
Este miedo infantil ante las máscaras se mantuvo siempre. Una de sus mejores amigas, Silvina Ocampo, describió “el desagrado y el desasosiego que le produjo, siendo ya hombre, la irrupción de unos amigos disfrazados durante un carnaval”.
En sus obras de ficción Borges ha vinculado siempre máscaras y disfraces con el Mal o con el crimen. En Historia universal de la infamia, uno de los cuentos más reveladores es “El tintorero enmascarado Hákim de Merv”, sobre un falso profeta que oculta la lepra bajo una máscara de oro. En otro episodio de “La muerte y la brújula” (cuento incluido en Ficciones) el criminal utiliza máscaras para inducir al detective a una trama en la que peligrará su vida. Las máscaras son aterradoras no sólo porque ocultan los rasgos propios reales, sino porque con ellas la expresión del carácter queda fija para siempre. Las máscaras son también un símbolo de la dualidad del hombre: las dos personas que combaten dentro de una sola.
Borges, bailarín de tangos
“Al mismo tiempo que nuestro escritor afirmaba su lugar en la literatura, hacía otras cosas. Por ejemplo, aprendió a bailar el tango y la milonga. Es probable que le hayan enseñado los Guiraldes; él tenía fama de ser un gran bailarín, lo mismo que Victoria Ocampo, con quien compartió largas veladas tangueras”, dice María Esther Vázquez. El entusiasmo de Borges por el tango lo llevó a componer, con el músico Octavio Portela Cantilo, uno titulado “Biaba” con caldo, o sea, traducido del lunfardo, “paliza con sangre”. Parece que era muy divertido y compadrón; por desgracia, se ha perdido. También supo frecuentar los estaños de los boliches para averiguar cuántas cañas podía tomarse antes de entrar en esa nebulosa simpática en que el mundo se convierte en un fraterno espacio encantador. En una postal de la época, enviada por Borges a Ulises Petit de Murat, enfermo y lejos de Buenos Aires, le escribe: “Compartidor de calles y de versos, ¡Salve! (…) He intentado conversar anoche con Enrique Banchs, hombre dulce y despavorido (…). También he visto a Octavio, no muy bien [se trata de Portela Cantilo, que murió joven, tuberculoso]; a Xul, a Paco Luis, a alguna altiva y desganada hermana de Norah Lange [se refería a Haydée, que durante un tiempo inquietó bastante a Borges. En una fotografía que comparten, parece más alta que altiva; le llevaba por los menos diez centímetros] y a la calle Montenegro. Hace unas noches, aprovechando nuestra ausencia, floreció un tiroteo malevo-policial en esa callecita profunda y fue muerto a balazos un furquero llamado con buen sentido del color local, Antonio Rosendo…”.
La calle Montenegro todavía existe, es corta, apenas quinientos metros y termina en el paredón del cementerio de la Chacarita. Tanto la Chacarita como la Recoleta le inspiraron sendos poemas, que bajo el título “Muertes de Buenos Aires”, fueron incluidos en Cuaderno San Martín (1929). En las Anotaciones del libro (mantenidas hasta la edición de Losada de 1943 y suprimidas en las siguientes) Borges ofrece una mirada muy gráfica del ambiente y de los personajes.
“…la literatura nacional.”
Borges le disputó a sus contemporáneos la invención de un espacio: las fronteras de Buenos Aires, para él “las orillas”, y desde allí reescribió tanto la cultura occidental como la literatura nacional en el cruce de la cultura europea con la inflexión rioplatense del castellano en el escenario de un país marginal. Borges trabajó con todos los sentidos de la palabra orilla (margen, filo, límite, costa, playa). En las orillas define un territorio original que le permite implantar su propia diferencia. En ese espacio, que aparece y se modifica a lo largo de una serie de ensayos de su juventud, en sus primeros libros de poemas y en textos de ficción, a lo largo de toda su obra, Borges inventó una orilla que unas veces fue el lugar de la nostalgia, otras el de la tradición y otras el del encuentro de dos legalidades diferentes. Y desde esa orilla leyó la cultura occidental y la literatura nacional.
América es un tema de Borges, un tópico, y probablemente el faro de una ética. La América hispánica, en cambio, una deliberada borrosidad, una borradura, una inexistencia o, cuanto más, la admisión de que hay en otros cándidos espíritus literarios un fervor abstracto que lima las peculiaridades diferenciales para proponernos una suerte de entelequia indemostrable: América Latina como poseedora de una historia y de un destino comunes o, en el plano literario, la general nomenclatura que clasifica las historias diversas en una común “historia de la literatura hispanoamericana”. Para Borges, hay o puede haber literaturas nacionales (lo que supone una instancia universal, la “literatura” que demarca y a la vez borra fronteras y disparidades); la probable existencia de las regiones literarias constituye para él una cuestión piadosa, un acto de fe compartida, o una plegaria donde la invocación termina por amasar el cuerpo de lo invocado. No solo Fervor de Buenos Aires (1923) es un acto religioso, una religión literaria que se empeña en dar consistencia estética a los arrabales de su ciudad, esa zona de intimidad fantasmal –entre lo que ya desaparece al contemplarse y la novedad precaria de lo no aparecido-, sino que esta fe del sentimiento quiere redoblarse, cimentarse, en la racional teología del contrario, en el barrunto teórico de los artículos críticos. Así, Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, como una Summa Teológica, explican el acto de fe, lo razonan y lo historian:
De este mi credo literario puedo aseverar lo que del religioso: es mío en cuanto creo en él, no en cuanto inventado por mí. En rigor, pienso que el hecho de postular lo universal, hasta en quienes procuran contradecirlo […]: toda literatura es autobiográfica, finalmente (El tamaño de mi esperanza (1926), Buenos Aires, Seix Barral, 1993, pp. 127-128).
“…la imagen del escritor…”
Hay muchos Borges: Borges criollo, vanguardista, nacionalista, anarquista, populista. También hay un Borges racista y un Borges orientalista. Además podríamos señalar al Borges coleccionista. Una de las imágenes más conocidas de Borges es aquella que lo retrata inclinado junto a un anaquel, buscando, tanteando casi, los lomos de sus queridos, venerados libros convertidos en fetiches. Los libros son –fueron- un objeto y un valor de singular importancia para Borges y así aparecen referidos en muchos de sus textos. Su trabajo como crítico tanto en el periodismo como en el ensayo, su poco estudiada labor de antólogo e incluso su relativamente extensa tarea pedagógica desde la cátedra universitaria, así como sus funciones en diversas bibliotecas, hablan de una relación especial con los libros, relación que él mismo declaró y asumió públicamente.
Algunos comentadores han destacado, en las últimas dos décadas, la necesidad de buscar a un Borges interesado en la historia y en la realidad, y han notado que, a pesar de los importantes esfuerzos de contextuar la historia que se están realizando de su obra, estos intentos por desocultar las amarras concretas de sus textos no pudieron, todavía, sustituir por completo la imagen del escritor que sobrevuela en el aire, que carece de conexiones sólidas con la vida y la historia. Estos intentos permiten, sin embargo, tratar con Borges en un universo de historiadores, asociar sus prácticas textuales o sus inquietudes intelectuales a las que se encuentran presentes en el escenario historiográfico. Aún más, permiten indagar si ese Borges históricamente situado –a través de los textos, por el movimiento de sectores de la historia intelectual, que establece entre el hacer historiográfico y la crítica literaria, y a través de referencias históricas localizables en la obra de Borges- no se remite, más que a la historia y a sus formas, a la memoria y a sus rituales intrínsecos. Un Borges entrañado en constituir una memoria que sirva para contener los fantasmas de los cambios conocidos por la Argentina; un Borges que responde a la incertidumbre del tiempo presente apegándose a un pasado vuelto a visitar y recreado en su escritura, inventado por su universo metafórico. Así, a la realidad se le imponen ejercicios de exorcismo de un presente en gran parte indeseable; a la historia se le sobreponen alusiones cifradas en una temporalidad pasada, que permiten distinguir ese pasado como un lugar de tradiciones y de fijación de referencias. De esta manera, la figura del memorioso incluye a Borges en el campo de las reflexiones de la historia, pero con una actuación casi siempre dirigida a su constitución como memoria. El texto de Borges evita los dilemas de la historia entendida como maleabilidad y cambio y afirma el valor central de la memoria, lugar de preservación de lo que aparentemente se pierde en el presente. Inscribe lugares en el pasado que reponen la noción de lo colectivo, ofreciendo la densidad de enraizar, de una delimitación de fronteras y territorios, concretos o sutiles, imaginarios o explícitos.
En la definición de esos lugares de inscripción de los sentidos de lo colectivo –el argentino, el bonaerense, el pasado-, Borges constituye territorialidades, inventa tradiciones, construye memoria histórica, redetermina espacio y tiempo, permitiendo, por ejemplo, localizar al argentino en los alrededores de Buenos Aires, en un mundo de márgenes, de orillas, en un tiempo pasado que no necesariamente ha ocurrido. Mundo tejido tal vez imaginariamente, en que circunstancias y personajes son producidos o inventados recurriendo a una memoria que articula en los suburbios, de peleas, duelos, venganzas. La Argentina y el argentino históricamente aludidos se van determinando gradualmente en un juego de influencias sufridas por el lugar, por el presente y el pasado, por el autor de la memoria: por aquel que sabe, que, incluso en sus lapsos de recuerdo, informa sobre el pasado.
Al hablar del pasado, Borges abre un campo de diálogo entre historia y memoria y configura la trayectoria de una poética que insiste en el abordaje de los tiempos idos, constituidos individualmente, pero revelado con la textura de lo colectivo. Pasa del historiador al memorioso, pero no solamente al memorioso que repone mediante imágenes al azar ancestral, que penetra en el Destino al costo de su visión terrena. Un Borges memorioso que, por medio de una crítica histórica alusiva, redefine límites entre historia y ficción y cifra, en esa frontera porosa, el lugar posible de la memoria. Memoria por los textos, por la construcción poética. Una poética, en fin, de la memoria, que, al mismo tiempo –y no contradictoriamente-, incluye Borges en el terreno de la historia y lo distancia de ella, por su voluntad, más interesado en los ritos de conformación del pasado que en su percepción en el momento en que destella.
En un texto que la revista El Urogallo publicó después de su muerte (ocurrida el 14 de junio de 1986), Borges escribe: “No hay libro que no contenga su contra libro, que es su revés”. Para Herbert Quain, todo libro que excluya a su propio opuesto debe considerarse incompleto. Borges esboza una teoría de la literatura paradójica y no literaria. La literatura sería literatura de la literatura, el “objeto” de la literatura sería vertiginoso. El tema, por ejemplo, del poema “El otro tigre” refleja esta visión del arte y la literatura como dominio de lo imposible. La literatura es en Borges una plenitud inminente que no se realiza, una paradoja basada en una imposibilidad.
Así, pues, la vida de este hombre era intramuros, dentro de la inteligencia, hecha con literatura, creada con los libros. Era una pura vida intelectual. Su mejor biografía es esta definición que él mismo ha hecho, repetidas veces, con insistencia: “Mi único destino posible era el literario”.
Armando Almada-Roche
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(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)
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