Hacer leña del árbol caído es una expresión referida a la persona difamada o perseguida por su rectitud, la cual le induce a tomar medidas rigurosas con las que se hace de enemigos. Estos, agazapados en la oscuridad, surgen violentos contra el caído. Es una cobardía. También, una ingratitud porque se ignora que ese árbol regaló el frescor de su sombra.
Hacer leña del árbol caído es aprovecharse de una situación para el desquite contra quien molestaba por su integridad. El corrupto ve un enemigo peligroso en la persona recta. “Ya caerás”, suele ser la advertencia repetida hasta que finalmente el enemigo cae. Comienza, entonces, el hachazo que convierte al caído en leña y muchas veces en carbón.
¿Esta es la situación de Montanaro? ¿El ministro del Interior de Stroessner se hizo de enemigos por haber sido un estricto cumplidor de la Constitución y las leyes? De ninguna manera. Lejos está el ex funcionario de ser una víctima de su severidad en el cumplimiento de sus deberes.
En este espacio no cabría ni la mínima parte de los males que Montanaro diseminó a lo largo y ancho de su prolongado poder. Más de la mitad de la población ignora que nuestro país pasó por las más inimaginables penalidades. Es posible que este desconocimiento haga que la fotografía de un anciano enfermo camino a la cárcel golpee a las almas sensibles. Se entendería esta situación desde la ignorancia del pasado de ese anciano; pero caer en tales sensiblerías a sabiendas de lo que fue Montanaro es inadmisible.
¿Cómo? ¿Se puede asesinar y torturar hasta el cansancio con la posibilidad de ser perdonado –y tal vez admirado– a la edad de 70 años?
El Código Procesal Penal, en su artículo 238, establece que una persona, con más de 70 años, no puede guardar reclusión preventiva en la penitenciaría. Montanaro tiene 87 años. Huyó de la justicia en febrero de 1989, cuando tenía 67 años. Si se hubiera quedado, tal vez estaría penando aún por sus crímenes como algunos de los torturadores que recibían sus órdenes, las de Stroessner o las de Pastor Coronel.
Por otro lado, el juez Andrés Casati interpretó que el artículo 238 de ningún modo puede beneficiar a un represor sin alma como Sabino Augusto Montanaro. No es un preso cualquiera. No es un ladrón de gallinas. Aquí no cabe la famosa igualdad ante la ley porque sencillamente Montanaro no es igual a ningún otro delincuente de más de 70 años.
Si Montanaro se hubiera quedado en el país después del golpe, con toda certeza hubiera sido procesado y condenado bajo cualquier gobierno, así sea fascista, socialista o comunista. Quiero decir, que es un despropósito mezclar ideologías con los derechos humanos en el intento de defender una causa que no tiene por donde defenderla.
En el caso Montanaro hay que comenzar por tener piedad de sus víctimas y de sus familiares. No cabe presentar ahora como bárbaros a quienes envían a la cárcel a un asesino múltiple. Anciano sí, pero no olvidemos que sus atropellos los cometió cuando joven y tenía a sus pies todos los resortes del poder para, impunemente, matar, torturar, humillar. Y lo hacía con personas indefensas, con aquellas que ninguna posibilidad tenían para hacer escuchar sus razones.
Montanaro nunca se sintió satisfecho con el castigo físico a las víctimas de la dictadura. Tenía que, además, cargarles con la burla y el desprecio. No se cansaba de gritar que en el Paraguay no había presos políticos, sino delincuentes comunes. De los exiliados decía que eran malos paraguayos que habían preferido abandonar el país y que si no volvían era porque no querían hacerlo. Hablaba de la libertad de expresión mientras ordenaba la clausura de radios y periódicos. Para enviar a sus víctimas a la sala de torturas nunca le importó que fueran ancianos.
Está bien, se vivía una dictadura feroz y ahora un Estado de derecho en el que nadie debe parecerse a los del pasado régimen. ¿Pero hasta dónde se podría herir ese Estado de derecho dejando impune la barbarie? ¿No seríamos igualmente bárbaros? ¿No estaríamos, también, burlándonos de las víctimas?
Se habla como si a Montanaro se lo hubiera enviado a un suplicio medieval. No. Fue por algunas horas a la cárcel donde están otros seres humanos que han delinquido. Le cabe al juez Casati la gloria fugaz de haber enviado tras las rejas a uno de los hombres más poderosos y crueles de la dictadura. ¿El juez obró contra ley? Y bueno, cuando las instituciones funcionan se corrige –como se hizo– lo anormal. Lo que nunca más se va a rectificar son los padecimientos de las víctimas.
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Alcibiades González Delvalle
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