Casi al mismo tiempo que los norteamericanos daban al brasileño Roque Fabiano Silveira una palmada en la mano por sus crímenes, la justicia brasileña lo procesó en uno de las operativos anticontrabando más grandes de la historia del país. La llamada Operación Bola de Fuego terminó con el arresto de más de 90 personas en 11 estados brasileños. De acuerdo con documentos judiciales, Silveira supuestamente controlaba tres diferentes redes criminales que contrabandeaban cigarrillos al populoso estado de Río Grande do Sul.

Roque Fabiano Silveira, brasileño, con pedido de extradición, sospechado de autoría de asesinatos. Tuvo una tabacalera en Paraguay y hoy domina las rutas de entrada al Brasil. Casi un fantasma.
En este caso, Silveira logró evadir la ley simplemente quedándose en el Paraguay, donde, según fiscales brasileños, tiene “una vasta red de contactos y la suficiente capacidad financiera para vivir en la clandestinidad”. Silveira se habría transformado en la cabeza del tráfico de cigarrillos de Paraguay a Brasil después del arresto en 2003 del legendario contrabandista Roberto Eleuterio “Lobão” da Silva, según la policía brasileña. A partir de ese momento, en el lenguaje del contrabando, Silveira se “adueñó” de las rutas que conducen a millones de fumadores en las ciudades más grandes del Brasil.
La muerte de Zamo

SALTO DEL GUAIRA es hoy el territorio de Roque. La foto es una incautación hecha en su estancia (2004).
Dos semanas después de la Operación Bola de Fuego, un aduanero brasileño fue asesinado en una desolada región de la frontera llamada Río da Morte (Río de la Muerte). Una llamada anónima a la policía local reportó una camioneta quemada en la ruta. El cadáver carbonizado en el asiento del acompañante no pudo ser inmediatamente identificado por la policía: al hombre lo habían quemado vivo. Los expertos forenses finalmente dijeron que se trataba de Carlos Renato Zamo, un residente de Mundo Novo, al norte de Guaíra. Zamo era uno de los miles de agentes de aduanas que trabajan en las fronteras porosas de Brasil. Pero a través de los años, Zamo había acumulado una fortuna inusual para un empleado de gobierno. El agente tenía inversiones en San Pablo y Mato Grosso do Sul. Era dueño hasta de un avión.
La Policía brasileña descubrió que Zamo trabajaba para Silveira y otros contrabandistas que supuestamente le pagaban 8.000 dólares mensuales para que sus cargas pasaran los controles de la frontera sin problemas. Pero Zamo había empezado a temer que lo descubrieran y decidió retirarse del negocio, según la Policía. En una reunión, los contrabandistas supuestamente le habrían ofrecido incrementar los pagos, pero Zamo rechazó la oferta y dio aviso a sus colegas sobre los cargamentos del grupo.
Eventualmente, cuatro personas fueron arrestadas en conexión con el asesinato de Zamo, pero no Silveira, que estaba prófugo en el Paraguay. El día en que se anunciaron los arrestos, la policía brasileña describió a Silveira como “la gran cabeza” del contrabando en la región. “Todo ocurre bajo sus órdenes”, dijeron los funcionarios.
A través de su abogada en Asunción, Silveira declinó responder preguntas presentadas por ICIJ.
Primero fue la triangulación
Los fabricantes paraguayos de cigarrillos se apuran en puntualizar que ellos solamente están llenando un espacio en el mercado creado por las grandes compañías multinacionales de tabaco. En los años noventa, British American Tobacco y Philip Morris usaron a Paraguay para triangular cigarrillos y evadir impuestos. El esquema funcionaba así: las subsidiarias de la BAT y de Philip Morris en Brasil y Argentina exportaban legalmente miles de millones de cigarrillos al Paraguay. Los cigarrillos eran inmediatamente reingresados como contrabando a esos dos países y vendidos libres de impuestos en el mercado negro. Esta práctica terminó en 1999, cuando el gobierno brasileño elevó drásticamente los impuestos a las exportaciones para desalentar el comercio ilegal. A partir de ese momento, docenas de fábricas de cigarrillos abrieron sus puertas en el Paraguay, muchas de ellas propiedad de ciudadanos brasileños. En tres años, Paraguay llegó a tener más de 30 tabacaleras, algunas de las cuales falsificaban conocidas marcas internacionales.
El negocio local de falsificación ha caído marcadamente en años recientes luego de que los fabricantes se dieron cuenta de que había un mercado –en Brasil y en otros países– para las marcas baratas paraguayas. Hoy el número de fábricas se ha reducido a más de la mitad, pero no así la producción. (CONTINUARA)
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