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Terreno fértil para traficar cigarrillos

Una tarde de marzo, reporteros de ICIJ que visitaron Puerto Codorso (lago Itaipú) hallaron máquinas del Gobierno paraguayo arreglando el camino de los contrabandistas. El puerto parecía abandonado. Según contaron personas del lugar, los contrabandistas se habían tomado el día libre para velar a uno de los suyos, un ex policía, que falleció en un accidente de auto el día anterior.


DEPOSITO DE LA RECEITA FEDERAL EN BRASIL. Diariamente, pulverizan 500.000 paquetes de cigarrillos paraguayos que reciclan para pavimentar rutas.

“Cerramos un puerto y abren dos más al día siguiente”, dice Gilberto Tragancin, jefe de Aduanas de Brasil en Foz de Yguazú. Con un litoral de más de 1.500 kilómetros, el lago Itaipú es casi imposible de patrullar, explica. A pocos metros de la oficina del jefe de Aduanas, una máquina de triturar cigarrillos pulveriza cada día cerca de 500.000 paquetes de cigarrillos incautados: los restos son utilizados como fertilizantes y en la construcción de carreteras. El flujo de contrabando de Paraguay a Brasil es de 20 a 30.000 millones de cigarrillos anuales, estiman los expertos. En contraste, dice Tragancin, las exportaciones legales de cigarrillos paraguayos a Brasil son nulas.

Además de la amenaza que significa para la salud pública, el contrabando de cigarrillos fortalece a grupos de crimen organizado que operan a lo largo de la frontera con Brasil. Tragancin dice que estos grupos están utilizando los canales del contrabando de cigarrillos para abastecer de armas y municiones a algunas de las facciones criminales más violentas de ese país, como el Primer Comando Capital (PCC) en San Pablo.


Del Paraguay al mundo

Stormmy Paul, un indígena Tulalip, fue el nexo Paraguay- EEUU (foto de Darren Breen/The Herald).

El mayorista Stormmy Paul, un indio de la tribu Tulalip del estado de Washington, en Estados Unidos, viajó al Paraguay en el 2003 para hacer negocios. Paul había estado comprando cigarrillos chinos, incluso Marlboros falsificados, y revendiéndolos libres de impuestos a tiendas de tabaco en su estado, pero quería una mejor combinación de precio y calidad. Un socio comercial del Brasil le ofreció contactos.


En el Paraguay, Paul visitó un puñado de tabacaleras, pero una fábrica se destacó de inmediato: la fuertemente custodiada Tabacalera Central, en las afueras de Asunción.

Los visitantes fueron recibidos por el dueño, Roque Silveira, quien los agasajó con un asado. Al término de la cena, el trato quedó sellado. Paul pagaría 2 dólares por cada cartón de cigarrillos fabricado por Silveira más un adicional de 2 dólares por cartón para un intermediario en Maryland que adulteraría los formularios de aduanas. El acuerdo le dejaba a Paul una ganancia de 2 dólares por cartón.

“Me encantó Paraguay”, dice Paul, un locuaz hombre de negocios que cada semana dirige una ceremonia de antiguos rituales indígenas en su tribu ubicada al norte de la ciudad de Seattle. Paul recuerda a Silveira como “un empresario muy astuto… con cierta clase. Roque luce exitoso”, agrega.

A partir de fines de 2003, una banda de 11 personas, en su mayoría comerciantes norteamericanos de tabaco, contrabandearon a Estados Unidos más de 120 millones de cigarrillos paraguayos. El grupo luego los distribuía a varias ciudades del país, desde California a Carolina del Norte, de acuerdo con documentos judiciales. La banda cayó en abril del 2005 mientras los contrabandistas se reunían en Las Vegas. La justicia norteamericana los acusó de conspiración, contrabando, tráfico y lavado de dinero, entre otros cargos. Silveira pasó dos meses en la cárcel después de su arresto en el aeropuerto de Miami, pero el brasileño se ofreció a cooperar con las autoridades y, finalmente, fue condenado a sentencia probatoria. Silveira pagó una multa considerable y, para sorpresa de los paraguayos, quedó en libertad.


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Ultima actualizacion:
29/06/2009 00:00:00