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FILOSOFÍA CLÁSICA

El mundo de Sócrates

Sócrates (470-469 a.C.) caminaba por la Atenas de su época, diciendo que existía un pequeño demonio que lo asistía en su pensamiento. Esto no era muy raro, puesto que se lo consideraba un sofista extravagante, aunque él mismo decía que no lo era, y justamente en un momento en que éstos eran mal vistos por un buen número de gente.


No es fácil de comprender para el hombre común de hoy, no solamente el asombro, sino el entusiasmo, el deslumbramiento que en la gente del siglo V a. C. despertaba el uso de la razón.

Sin embargo, Sócrates no se interesó en la cosmología o el origen del mundo, tal como la gran mayoría de sus predecesores. Con su frase “Conócete a ti mismo”, recogida después por sus discípulos, se ocupó del alma humana, la moral y la virtud.

Lo primero que llama la atención en este pensador es que durante siglos se haya escrito sobre él, sin que él mismo haya escrito una sola línea sobre sus ideas. Prefería dialogar, mas quien lo hacía con él, caía inexorablemente prisionero de la razón. Esta razón o logos no era sin embargo para Sócrates un instrumento simplemente, sino la realidad misma.

Pero el imperio del mito no había fenecido totalmente. Dialogar con Sócrates era caer bajo el impulso de una fantasmagoría, ser parte de un acto teatral, del cual nunca hasta entonces había participado ser humano alguno.


LA REALIDAD
En Sócrates, el sereno ejercicio de la razón produce una embriaguez de la razón, que se impone a la mente y la arrastra. Lo percibe como una realidad autónoma, diferente y superior al que razona, quien, de este modo, se pone en contacto con dicha realidad.

Los sofistas decían que podían defender los pros y los contras de todo lo que existe, lo cual para Sócrates equivalía a decir que todo es igualmente verdadero o que todo es igualmente falso.

Tampoco hubiera estado de acuerdo con Heráclito, para quien la realidad era fluyente, cambiante. Sócrates siente que posee en su interior una fuente de revelación, una llave que le franquea la puerta a un mundo único como verdad, opuesto a la multiplicidad.

Debe advertirse que el racionalismo de Sócrates, no es aquel frío y mecanicista que vendría después con Descartes, o con la Ilustración del siglo XVIII. El racionalismo, el logos socrático, no puede liberarse aún del influjo mítico del pensamiento griego.

El hombre corriente ateniense de la época socrática es un sujeto que se movía en la vida con unas cuantas verdades corrientes, heredadas, al que los más difíciles enigmas del mundo y la existencia, le resultaban claras, perfectamente explicables. Una creencia religiosa, un proverbio, bastaban para que supiera lo que debía hacer en cada caso. Sócrates no renegaba de ello, pero estaba prendado de la fuerza de la razón. Es en esta síntesis entre contrarios en donde residen su genio, pero también su tragedia. ­Sócrates presiente esta nueva situación del hombre ateniense, quien por efecto de esta radical ola de racionalismo, comienza a liberarse de toda la tradición anterior.


IRONÍA Y MAYÉUTICA
Relata Platón al inicio de sus Diálogos, la técnica que usaba Sócrates para investigar e indagar sobre la verdad. Comenzaba pidiendo a su interlocutor ocasional que le explique la naturaleza de tal o cual término, tal como la valentía, la honradez, la belleza, el amor. Por cada respuesta recibida, como un niño, Sócrates seguía preguntando, que necesitaba saber, porque no sabía nada. La madre de Sócrates era mayestática, es decir, partera. Lo que hacía de Sócrates era igual que su madre, ayudar a nacer a la verdad.
El método socrático, la mayéutica, lo hacía conocer cada vez más. El se presentaba siempre como ignorante, haciéndose patente en forma sutil la ironía. La verdad surgía de la oscuridad hacia la luz. La mayéutica, el arte de hacer parir a los hombres la verdad, no consistía para él un elemento puramente racionalista, sino un sistema todavía íntimamente unido a las creencias multitudinarias sobre los misterios que embargaban Atenas con su misticismo y religión antropomórfica decadentes.
Aunque sabe que las ideas que consigue descubrir no le pertenecen y que no lo hubiera podido hacer solo, Sócrates sigue sintiendo respeto por la tradición y la piedad. Lo acusaron de estar en contra de los dioses y de tratar de introducir otros propios, de corromper a la juventud. Para él no hubo piedad y la tradición fue su tumba. Fue obligado a morir por envenenamiento. Lo hizo con serenidad. Hoy ocupa un magnífico lugar entre los inmortales, porque él, como nadie, creía en la inmortalidad del alma.


Lic. Miguel Meaurio Coronel

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03/07/2009 00:00:00