El problema homosexual
Posteado por Lourdes Peralta el 07/03/2010 - 96 Comentarios - 3955 visitasEn Argentina una pareja gay se fue hasta el fin del mundo (Ushuaia) para “casarse”. Muchos decían: “Solo ahí pudieron hacerlo porque aquí los hubiéramos linchado”. La unión gay se aprobó en Washington, en México y promete extenderse anunciando cambios sociales radicales. ¿Son realmente avances para la humanidad o pronostican un extenso desierto?
Lo bueno de las crisis es que obligan a pensar, en este caso, a la par de palabras de moda –muy abusadas y extremadamente lucrativas- “intolerancia” y “discriminación”. En una entrevista a nuestro diario, una lesbiana declaraba que los homosexuales no podían expresarse sentimentalmente en Asunción porque faltaban locales “buena onda”. Gran relatividad de expresión que da para la polémica infinita. Leyendo sus declaraciones se sienten “como los negros en EE.UU.”. Aunque el pueblo negro sufrió la persecución por motivos muy diferentes; fue raptado violentamente de su lugar y convertido en esclavo, o sea mano de obra gratuita, recepción del trabajo sucio, manual. Se trataba de la extensión de un imperio sobre ellos. No es este el dilema con los homosexuales.
Ciertamente existe discriminación hacia los homosexuales, aunque vanas son sus pretensiones de vivir en un mundo rosa donde puedan besarse, abrazarse, ser vistos como iguales en el plano sexual. El encuentro entre un hombre y una mujer será siempre el motor de la historia. Nadie investiga si entre dos hombres –idem dos mujeres– puede haber concepción. La ambición de que puedan adoptar niños tampoco cierra cuando hay cada vez más parejas heterosexuales que, por lo menos en nuestra cultura, tienen y tendrán prioridad.
Jamás el punto es atizar la caza de homosexuales. Nadie es santo en la cuestión: ni gays revoltosos ni heterosexuales intransigentes. Ojalá encontráramos el diálogo correcto para la convivencia pacífica, convenios legales que nos ordenen, oportunidades laborales. Pero querer cambiar las ideas y convicciones a la fuerza, no es lo más inteligente para el bienestar general. También es importante considerar que entre los homosexuales existe división de criterios. No todos aprueban estos cambios. El actor y locutor uruguayo, Fernando Peña (fallecido), homosexual declarado, mediático y muy sagaz, dijo en uno de sus shows: “Estábamos bien hasta que a un pu... se le ocurrió la idiotez de querer casarse con otro pu...”. Peña se sabía diferente y lo aceptaba. Sufría, como lo confesó muchas veces, una gran tristeza. Pero sobre todo el alud de críticas era él mismo y se las arreglaba para lidiar con su mal genio y su soledad. Su mordaz sinceridad ganó también a un gran público heterosexual.
Los homosexuales han conquistado derechos presionando a los políticos y creciendo en organización, no por pruebas genéticas. Hay, por supuesto, casos muy delicados para los gobiernos, la ética médica y toda la sociedad. Encarar hoy una ampliación de sexos nos lleva a una extenuante guerra de ideologías, moral y religión. “¿Por qué una pareja heterosexual puede besarse en plena calle y no una homosexual?, ¿a quién le daña eso?”. Preguntaba Rosa Posa. Y todos tenemos una respuesta.
Lo grave no es el reconocimiento público de la homosexualidad, eso es algo sensato. Lo condenable es el negocio que se hace de ella promocionándola como una elección sexual. Si el niño heterosexual pregunta: “Papá, ¿por qué se están besando esos dos señores/as” ¿Qué respuesta sería la correcta?. Como vienen los tiempos y los hijos no está mal pensarlo de antemano. Y pensar también cuánto nos equivocamos cuando sobreponemos nuestra soberbia e ignorancia ante la sabiduría de la naturaleza.
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