Fernando Lugo asumió ayer como presidente de la República en medio de una moderada esperanza y un cúmulo de temores que se irán confirmando o disipando a medida que ejerza sus funciones en los próximos cinco años.

El anuncio que hizo al confirmarse su elección como primer mandatario, de que todos aquellos elegidos en el Congreso permanecerían en sus cargos, fueron aplaudidos pero rápidamente mudaron ante la dura realidad del ejercicio del poder que necesita acción y no discursos.
Apretado por las inminentes fricciones en la conformación de su gabinete, tuvo que hacer concesiones reviendo posturas personales y hasta grupales, en busca de tener gobernabilidad. De esa necesidad salieron tres ministros liberales, dos de ellos reconocidos líderes internos del PLRA, y un tercero que llegó por ser compadre pero también por la necesidad de dar un tirón de orejas a su vicepresidente de la República que para entonces ya se mostró demasiado travieso con cuestiones delicadas como la relación con Brasil.
Con ese marco, Lugo terminó conformando un gabinete multicolor, pero sobre todo multiideológico, donde conviven desde rabiosos socialistas hasta ortodoxos gestores de la derecha dura que tendrán un lugar común como funcionarios de un religioso. Las primeras divergencias ya se dieron semanas atrás entre ambos sectores, pero por ahora prefieren mantenerlo dentro del ámbito interno para no lastimar la imagen de un gobierno que todavía ni siquiera había asumido.
La necesidad de gobernar sin sobresaltos fue también lo que obligó a Lugo a tener que buscar acuerdos en el Congreso con Lino Oviedo y Nicanor Duarte Frutos, los dos líderes políticos con los cuales tendrá que convivir durante los cinco años que ejercerá la Presidencia de la República. La experiencia de administraciones anteriores le mostró al nuevo presidente que con un Congreso rabioso y visceralmente opositor es poco lo que puede hacer. Siempre es mejor buscar acuerdos que por lo menos permitan avances mínimos.
Estas decisiones, sumadas a sus ambiguos posicionamientos sobre temas sensibles como la propiedad privada, la relación con la prensa y los impuestos, fueron las que sembraron las dudas y los temores en la gestión del primer mandatario. Pero a pesar de todo la gente le tiene confianza y le da licencias que a la clase política hace tiempo se le terminaron. Y es que las esperanzas en lo que pudiera hacer monseñor estaban aún antes de que fuera electo y ahora siguen con más fuerza.
No eran pocos los electores que esperaban incluso que un presidente venido del ala progresista de la Iglesia Católica cambie radicalmente la forma de hacer política en un país donde los políticos hace tiempo dieron la espalda a sus electores.
Pero los procesos políticos democráticos tienen tiempos propios que no siempre son sincrónicos con las necesidades y esperanzas de la población. Lugo llegó a la presidencia dentro del modelo democrático y no a través de procesos revolucionarios que se caracterizan por los cambios profundos y por tanto radicales. Eso hace que las transformaciones de cuajo que muchos hubieran querido tendrán que esperar dando lugar a una convivencia de la antigua forma de hacer política con la esperanza de que Lugo inaugure una nueva manera de entender la política en el país. Ese realmente es el mayor desafío de Fernando Lugo. Romper con un modelo que distorsiona la participación ciudadana al igualarlo con el rasero de la clientela política que no tiene esperanzas sino muchas necesidades.
Si el nuevo presidente marca este sendero de cambio de cultura política y no se deja llevar por la estructura clientelista partidaria acostumbrada a ese tipo de gestión; habrá hecho mucho por el país.
Este cambio muy probablemente no ocupe grandes titulares en los diarios y es seguro que no tendrá la misma espectacularidad de un mejoramiento económico pero servirá para que en el mediano plazo el país sea viable. Es por eso que Paraguay necesita que Fernando Lugo tenga una buena gestión y aproveche un momento de inflexión en la historia.