El nuevo periodo político que se inauguró para nuestro país está pletórico de esperanzas e ilusiones para una mayoría social que es notoria porque se manifiesta con sentimientos de adhesión y se declara abiertamente optimista. Los nuevos gobernantes traen la imagen del cambio. Pero a toda ilusión suele acompañar una o algunas dudas e incógnitas. ¿Son realmente capaces Lugo y Franco y sus colaboradores de resolver los más grandes y problemáticos obstáculos que nuestro país tiene que sortear? ¿Cómo lo van a hacer? ¿Cuánto tiempo les va a demandar? ¿Se tendrán la paciencia y sabiduría suficientes para aguardar sus buenos resultados si se demoran? ¿Podrán gobernar si tienen la buena intención de hacerlo correctamente?
El nuevo período político que se inauguró para nuestro país está pletórico de esperanzas e ilusiones para una mayoría social que es notoria porque se manifiesta con sentimientos de adhesión y se declara abiertamente optimista. Los nuevos gobernantes traen la imagen del cambio, entendiendo este término en su sentido ético positivo, es decir, que va a influirse en lo que es malo para direccionarlo hacia lo bueno.
Pero a toda ilusión suele acompañar una o algunas dudas e incógnitas. ¿Son realmente capaces Fernando Lugo, Federico Franco y sus colaboradores de resolver los más grandes y problemáticos obstáculos que nuestro país tiene que sortear? ¿Cómo lo van a hacer? ¿Cuánto tiempo les va a demandar? ¿Se tendrán la paciencia y sabiduría suficientes para aguardar sus buenos resultados si se demoran? En suma: ¿podrán gobernar, si tienen la buena intención de hacerlo correctamente?
Estas son interrogaciones que todo el mundo se hace, paraguayos y extranjeros, residentes y exiliados, observadores y analistas. Desde el punto de vista puramente político, se puede afirmar que sobre el gobierno de Fernando Lugo y Federico Franco pende una carga muy pesada de incertidumbre referente a las posibilidades de éxito de esa alianza que conformaron de un modo que, hoy, aparenta ser precaria y que amenaza comenzar a hacer agua por diversas brechas.
La gobernabilidad de un país depende tanto de la unidad y fortaleza de quienes ejercen el poder como de un alto nivel de conciencia cívica y patriotismo de parte de la mayoría de los habitantes. Así como se presentaron los últimos acontecimientos en nuestra historia reciente, es posible afirmar que nuestra sociedad creció cívicamente, que asume las cuestiones de interés nacional, que está dispuesta a ser vigilante permanente de la administración pública. Esto ya lo demostró fehacientemente, en especial en este último período de Duarte Frutos, cuya pésima gestión tuvo al menos la virtud de hacer despertar a los paraguayos de su indolencia y de su pasividad, frente al latrocinio descarado y a la grosera manipulación de leyes e instituciones que durante tanto tiempo estuvo soportando y permitiendo sin reaccionar.
Ahora Lugo y Franco gobernarán un país más despierto y alerta, no tan flojo ni tan permisivo, que se mostrará incluso mucho más crítico e intransigente con ellos de lo que fueron con los sinvergüenzas que les precedieron en los gobiernos anteriores. Y tendrán que lidiar también con gente de mala fe, como algunas de esas organizaciones de autodenominados “sin tierras”, “sin techo”, de funcionarios públicos y de sindicalistas maniobreros y corruptos que hoy pululan en todo el país aprovechando las libertades y la democracia, que buscarán obtener el máximo provecho personal de las consignas populares con las que el nuevo gobierno se promociona.
Fernando Lugo tendrá que ordenar a la Policía que libere calles, caminos, rutas y puentes de las injustas y perjudiciales clausuras que cualquier grupito de manifestantes, con o sin razón de protestar, cree tener derecho a realizar. Tendrá que ordenar se reprima a usurpadores de tierras, a campesinos delincuentes que se asocian para cometer delitos y utilizan la bandera nacional para darles a sus tropelías la falsa imagen de “lucha social”. Tendrá que disponer que el Ministerio Público acuse formalmente a dirigentes “sociales” que optan por la violencia en nombre de las mismas ideas y reivindicaciones que Lugo utilizó para ganar las elecciones.
Nada de esto será fácil ejecutar para los políticos en el Gobierno que en el pasado apoyaron estos métodos de “lucha social” y simpatizan con muchos de sus propulsores e ideólogos.
Como no será fácil tampoco para el gobierno de Lugo y Franco mantener la cohesión interna cuando se trate el gravísimo problema de las empresas del Estado, del planillerismo y el clientelismo que campean en ellas. O la defensa de los intereses legítimos de los “brasiguayos” y otros extranjeros que invirtieron y están afincados definitivamente en este país, que lo hacen productivo, que son grandes contribuyentes del fisco y cuya protección real y efectiva constituirá la imagen que el gobierno deberá exhibir cuando recorra el mundo buscando inversores y capitales para ejecutar sus proyectos de desarrollo económico y social.
¿Cómo protegerá eficazmente el gobierno de Lugo los derechos y propiedades de los empresarios rurales si al mismo tiempo trata de complacer a las belicosas –y muchas veces violentas– organizaciones campesinas que los están asediando, amedrentando, saqueando, e incendiando?
Como se puede ver, lo que está en juego no es solamente el éxito de unos nuevos políticos o de un gobierno más de los muchos que este país tuvo y tendrá, sino la paz y estabilidad de todo un pueblo que está dando muestras ostensibles de impaciencia y de hartazgo frente a los fracasos y las desilusiones. De que los dirigentes colorados pasados fueron ética y prácticamente inhábiles para administrar y gobernar, a casi nadie le cabe ninguna duda, pero si los más pintados líderes de lo que hasta ahora fue la oposición tampoco lo logran, sería una catástrofe moral para un pueblo que todo lo espera y todo lo anhela porque carece de casi todo.
Esperanza e ilusión, incertidumbre y duda, son palabras que definen por sí mismas el momento especial que vivimos. La concreción de las dos primeras será posible en la medida en que el nuevo Gobierno exponga firmeza en sus decisiones, tanto para crear las condiciones de convivencia ciudadana como para generar las oportunidades para el desarrollo, sin que le tiemble el pulso frente a quienes, siendo de la condición social que fueren, mal utilizan las libertades para oponerse a las justas aspiraciones de la ciudadanía honesta y trabajadora.