La tragedia de Ycuá Bolaños

Lo que dice la gente:

María Isabel García (Desempleada, 64 años de Asunción)

\"Perdí a mi esposo, tengo una hija casada que vive en Mariano Roque Alonso, ahora me quedé sola. Estaba en casa de mi hija cuando nos enteramos del incendio por los medios, de allí vinimos hasta Trinidad, no sabía que mi esposo estaba en el Ycuá. Cuando llegamos, empezamos a buscarlo por todos los hospitales con la esperanza de que esté vivo todavía, desafortunadamente, no lo hallamos con vida, su cadáver estaba en Tropic Club y me entregaron el cuerpo de mi marido en una bolsa de residuos. Ahora seguimos en la lucha y esperamos que se haga justicia.\"
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Maria Gloria Valdéz de Sánchez (Lic. en Administración, 45 años de Asunción)

\"Mi hijo fallecido tenía 17 años, era el menor de sus hermanos, estaba en el colegio todavía. Él fue a las 11:15 aproximadamente al Ycuá. Al escuchar lo que estaba pasando, su papá enseguida fue para el supermercado junto a otras personas rompieron los vidrios y la paredes, mi marido ayudó a sacar varias personas, pero nuestro hijo no aparecía. Ese edificio no estaba preparado, no tenía salida de emergencia ni extintores, pero aparte de eso, a mi hijo y a muchas personas más le cerraron las puertas.\"
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Cristina Almada Vda. de Guerrero (Empleada, 75 años de Asunción)

\"Perdí a mi hija de 48 años con quien vivía en Trinidad. Tengo dos hijos más, pero están casados y viven en otro lado, me quedé sola. Ese día ella fue al supermercado, incluso me invitó a almorzar ahí, yo le dije que no quería ir, entonces ella se ofreció a traer el almuerzo y se fue. Estaba en casa cuando escuché la explosión y enseguida vi el humo negro que venía del supermercado. Sabía que mi hija estaba allí, fui corriendo hasta el Ycuá, quise entrar por todos los medios posible, pero no pude. Sufrí mucho, después de dos meses encontré mediante las pruebas de ADN el cuerpo de mi hija calcinada.\"
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Dionisia Vda. de Paredes (Ama de casa, 62 años de Asunción)

Yo estaba escuchando la misa por radio Marangatú, que termina a las 10:30. A los pocos minutos de finalizar la celebración dice: ‘Voy a darle una triste noticia: Se está incendiando el Ycuá Bolaños...‘. Le digo a mi hijo que rápido vaya a ver. ’Se fueron todo ahí tus hijas y eso’, le comenté. El no creyó, quién va creer... Entonces sale a la calle y encuentra una nube espesa. Dejó a sus otros hijos conmigo se fue rápido al supermercado. Cuando el llegó ya se cerraron las puertas. Es mentira que lo que dice este señor (Daniel Paiva) sobre que no ordenó el cierre de las puertas. Mi hijo se quedó sin su esposa, perdió a su hija de 3 años y a su hijastro de 12.
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Gladys Ramírez (Ama de casa, 54 años de Asunción)

Mi esposo era confitero del supermercado y tenía que entrar a las 6 de la mañana ese día. El se levanta temprano, tomamos mate, se prepara para salir de casa. Ese día se iba ir un poco más temprano y yo le pregunté por qué se iba ir a esa hora. Me dijo que tenía que preparar algunas cosas que no cocinó. Se fue todo tranquilo. Él me dijo que le prepare toda su ropa para el día siguiente, porque después ya descansaba. Y había sido ese era el último día que él iba a salir de casa para no volver nunca más, porque falleció ahí de una manera muy fea. Esto no le desearía a nadie jamás..., que vos le encuentres a una persona totalmente calcinada después de un mes -porque se le reconoció por ADN- sin manos, sin brazos, totalmente quemado... Es doloroso. Y que hasta ahora no tengamos justicia es doloroso, porque 400 víctimas son demasiados creo yo y los más triste de todo es que las personas no nos acompañan como debería de ser, por eso estamos así. Las manifestación que hicimos tenía que tener mucha más concurrencia para tener más fuerza y se nos haga caso. Ya no se sabe qué hacer. Son tres años de lucha constante y vamos a seguir luchando hasta conseguir el objetivo, que es la justicia. Es que cuándo se va a hacer justicia si por 400 personas no se hace, eso es lo que más duele. Fue muy triste todo lo que pasó, no solo a mí me ocurrió, hasta hay criaturas... decapitadas....
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Josefina de Núñez (Ama de casa, 63 años de Asunción)

‘Ese día yo le perdí a mi hija... Ella trabajaba en el supermercado, era la jefa de la sección Perfumería. Era profesora de guaraní, pero en vista de que no hay trabajo...Esa mañana se levantó y se fue a misa; después se preparó para venir a su trabajo. Salió a las 10:45 hacia el supermercado. Se despidió..., ni idea yo tenía de lo que iba a acontecer. Después unos vecinos nos dicen que hay incendio en el Ycuá. Ahí se prepararon mi marido, mis otras hijas y se fueron, mientras yo me quedé con mi nieto. Y..., no le socorrieron rápido, no estábamos preparados para esta clase de desgracia, esta clase de homicidio. Son unos criminales, porque le cerraron las puertas, porque si las puertas hubieran estado abiertas demasiada gente se hubiera salvado. Yo quiero soñar a mi hija, pero sólo le soñé una vez a través de sus amigos, de sus amigas. Es demasiado grande lo que nos pasó... y siempre voy a llorar, voy a seguir llorando. El mensaje que me trasmite (ella) es que no quiere que llore; además que le cuide al hijo que dejó, que ella está muy bien. Desde aquel momento todo cambió en mi hogar, no hay alegría. Ese lugar vacío que hay nadie puede llenar. Lo único que pedimos es que se haga justicia. Por cualquier cosa se inhiben todos. Ellos prefirieron lo material y no lo humano.
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Pedro Pereira (Tingladista, 59 años de Asunción)

‘Nos fuimos a las 11:30 aproximadamente. Mi hija y mi nieto nomás ingresaron, yo no llegué a entrar. Me quedé afuera y cuando al poco tiempo de que ellos estén dentro aconteció la tragedia. Mi hija, que tenía 26 años y estaba casada estudiaba para ser profesora de guaraní y castellano y estaba por recibirse; su hijo tenía cuatro años. No me siento bien..., no me siento bien...‘.
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Basilicio Frutos (Sastre, 55 años de Asunción)

‘Yo perdí a mi hija mayor en el siniestro. Ella era licenciada en Análisis de Sistemas y era sostén de la casa. Ese día salió de casa a las 09:30 con una señora, con el hijo de ésta y una vecina nuestra que es estudiante universitaria también. Los cuatro murieron. Se fueron a visitarle a una tía que está a una cuadra de acá, tomaron tereré y de ahí pasaron acá para comprar pollo y les sorprendió ahí...Yo me enteré a través de las noticias. Había sido ya estaba muriendo ya mi hija ahí y yo creí que estaba curioseando nomás. A las 11 de la mañana del día siguiente encontramos los cuerpos de los cuatro. La señora tenía cuando eso 47 años, el menor, 4, y la vecina tenía 21 años‘.
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Petrona Cansanella de Echeverri (Ama de casa, 45 años de Asunción)

“Ese día fue un desastre, nosotros estábamos haciendo asado en casa y me llamaron mi cuñado y los demás para decirme que algo se estaba incendiando y pensaban que era Gas Corona. Y me dijeron vamos pue, parece que Gas Corona se está incendiando. Yo les dije “no, demasiadas muchas cosas tengo para hacer, váyense ustendes. Diez minutos después ya me llama mi sobrina y me dice que estaban entre 7 ahí.... Dos se salvaron, dos de mis sobrinos que quedaron en el auto abajo, pero los cinco estaban arriba y un desastre, desde ese día yo parezco una loca. Hace tres años y sigo todos los días buscándo de aquí para allá. Y no es que los encontré en un ratito, en 15 días se encontró a cuatro. Ese lunes 2 se le encontró a mi hermana y a mi sobrinito; el jueves se le encontró a Matías, que es el hijo del hermano cuyos restos aún no encuentro. Y a Ana, la esposa de mi hermano, se le encontró el domingo. A Giordino, que no le encontramos todavía... El se murió con toda su familia, su señora, su hijito de un año 8 meses y mi hermana dejó dejó dos huérfanas que está con nosotros, una de 16 años y otra de 12. Cuando me llamaron y me dijeron que ellos estaban ahí yo casi me muero, porque ellos siempre se van a Stock, jamás vinieron acá (al Ycuá). Fue todo un desastre, de mañana, tarde y noche les buscábamos por todas partes, agujero por agujero. Y es peor porque se nos quedó un desaparecido, por el cual seguimos al pie del cañón en la lucha, porque hasta que no le encontremos jamás vamos a descansar. Él era como mi hijito, le crié desde que nació, le malcrié... Y... es muy difícil, muy difícil, porque toda nuestra casa quedó vacía. Así, la casa se vendió, porque se quedó como sonajero. Ahí, nos destartamos totalmente... Tenemos problemas con la familia, los problemas para irte a las reuniones, a la fiscalía, al Palacio, que de aquí para allá... Y sentís tanta impotencia, no sólo el Gobierno te da la espalda sino también la gente, nuestra propia comunidad, como si fuera que murieron 400 vacas. Eso más te duele”.
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Lucio Leiva (Jubilado, 69 años de Asunción)

“Ese día mi señora y yo fuimos a la Vicaría Castrense, era un domingo extraordinario. Ahí me encontré con mi hijo, su señora y sus dos hijitas. Hubo un coro que nunca escuchamos ahí, había monaguillos vestidos como ángeles. Era sensacional. Salimos de misa y quedamos un rato a hablar un rato. Mi nuera dijo que se pasó llorando de alegría, de gozo. Estuvimos unos 10 minutos ahí y mi hijo me invitó a comer a su casa y le dije que tenía otra cosa que hacer y que no podía acompañarles. Él me dijo que iría a hacer compras en Ycuá. “Después hablamos”, me dijo. Nos despedimos ahí. Después de 20 minutos aproximadamente de esa despedida ocurrió lo que todo el mundo sabe. Yo estaba en casa, vivo cerca del supermercado, en la esquina de Gas Corona, y de repente parecía que oscureció. Le comenté a mi señora sobre eso, no sabía qué pasaba, pero la luz estaba prendida, el televisor igual. Abrí la ventana de la planta alta, donde estaba yo, y ahí se veía las cosas sucias que caían. No era humo sino una cosa negra, sucia que cubría todo. Oscureció todo. Yo dije que tal vez se estaba incendiando un colectivo de Nuestra Señora de la Asunción, porque está cerca de ahí. Mi señora salió al balcón y me dice que no, que es en el supermercado. En seguida dije ¡”hijo” y su familia están ahí. Yo le llamé a su celular y no me contestó. Entonces pensé que ellos ya quedaron ahí. Estaba convencido de que ellos murieron ahí. Vino mi señora y le digo que no contesta en su celular...Le dije que lo único que nos resta es rezar un rosario por ellos, ojalá que se cumpla la voluntad del Señor. Si quiere va vivir, sino le va llevar al cielo... Ahí, rezamos y después recuperamos por lo menos el cuerpo de los cuatro, dos ese mismo día y al día siguente otros dos. Se hizo la prueba del ADN y a un año de estar enterrados, tuvo que sacarse de nuevo dos cadáveres que teníamos de ahí, que no eran nuestros y se nos dio otros dos. Justo a los un año se repitió de vuelta el entierro completo. En fin, hoy día estamos en la lucha y yo creo que el Señor es grande y gracias a que estamos prendidos por él, estamos en la iglesia colaborando, yo creo que mediante eso, tuvimos la fuerza para poder sobrellevar esto y como todos dicen, el Señor sabe lo que hace y la justicia vendrá tarde o temprano, sino es en la tierra será allá en el cielo”.
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Felipe Dejesús Palacios (Veterinario, 58 años de Asunción)

“Realmente lo que viví y sentí es innarrable. En realidad con la explosión ya perdí el conocimiento, recuperándolo 16 días después. Para mí fue terrible. No sentí dolores ni los momentos más difíciles que pasaron los demás que estaban conscientes, pero sí les puedo asegurar que 16 días después recupero mi conciencia, a medias aún, en terapia intensiva. De ahí, 23 días después paso a una sala común donde fui asistido por familiares. Recién 30 días después me entero que perdí a mis tres hijas y ese fue el momento más difícil para mí, porque hasta ese momento yo no tenía claro lo que aconteció conmigo, qué fue lo que pasó, si fue un accidente, por qué estaba ahí... Y nadie a mi alrededor me hablaba de eso, por supuesto por indicación de profesionales psicólogos. Cuando mi esposa me cuenta lo que sucedió, el mundo se me acabó. Gracias a Dios, pude recapacitar porque de buenas a primeras no fue mi intención seguir con vida. ¿Se imaginan? Tener una familia, una vida, toda una trayectoria y que en un caso como éste te retiren todo. ¿Qué deseos de vivir luego vas a tener? Es difícil... hasta diría yo imposible si no fuese por la fe. Ese día entramos mi esposa, mis tres hijas y yo. Ese supermercado no estaba en nuestro itinerario. Pasamos a retirar a las niñas de la Catedral para visitar una clínica odontológica. A la vuelta pensábamos asistir a un almuerzo en el colegio de mis hijas. Por esas cosas del destino, a mitad de camino, una de las niñas me dice que quería comer chipa. Yo sin titubear me dirigí directamente al Ycuá Bolaños, pudiendo ir a cualquier otro supermercado. Llegamos al estacionamiento, las niñas bajaron y nosotros, mi señora y yo, nos quedamos a asegurar asegurar el auto para después seguirlas. Las luces se apagaron de repente, hubo una explosión y es todo lo que recuerdo. No tuvimos tiempo, nunca supe si las niñas llegaron arriba o si el fuego las tomó por el camino. Tengo quemaduras de 35% de tercer grado, tengo injerto 100% del rostro, reconstrucción de labio, injerto de manos, brazos y antebrazos. Mi señora también tuvo una quemadura de tercer grado y una resconstrucción de mano”.
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Oscar Segovia (Vendedor, 41 años de Asunción)

“Murieron dos hermanas de mi señora y un sobrino mío de cuatro años, hijo de una de ellas. Yo estaba haciendo el arreglo del jardín y a la vez escuchaba la radio. Y ahí fue que me enteré de las primeras noticias. Nosotros empezamos a contactar con mis suegros y nos dijeron que efectivamente ellas salieron habían ido al supermercado. Ellas siempre iban al Superseis y no sé por qué acudieron aquí (al Ycuá). Llamamos a sus celulares y ya no había respuesta. Entonces fui camino al local, pero cuando llegué ya estaba todo acordonado. Me quedé frente al Tropic a presenciar toda la movilización del rescate de víctimas y muertos. Me sentí inútil, porque no podía avanzar para ayudar al prójimo. Luego me rebusqué por los hospitales con la esperanza de encontrar a nuestros seres queridos. Recorrí todo el día por todos los centros asistenciales con la esperanza también de que quizás estuvieran ayudando a salvar vidas, porque eran personas muy caritativas. Pero ni tuvieron tiempo de escapar de esa trampa mortal cerrada por los Paiva. A ellos no les importó la vida humana y hasta hoy seguimos con nuestro calvario. La justicia nos esquiva, pero nosotros estamos pidiendo para el 8 de agosto nuevamente el juicio oral. Bueno, la verdad éste va ser el primer juicio, porque lo anterior fue una farsa. A nosotros nos califican de torcedores de juicios, pero también hay que tener en cuenta la agresión judicial. El pueblo salta, el gato una vez nomás se quema, dos veces no se puede quemar. Entonces si es que esta gente no logra hacer justicia, con los 25 años de cárcel, nosotros nos veríamos obligados a resolver eso a nuestra manera...”.
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Anuncia Romero (Farmacéutica, 72 años de Asunción)

“Recordar ese momento es volver a abrir las heridas que cada uno tenemos dentro, porque hemos perdido parte de nuestra vida, porque ellos se fueron y ya no les vamos a poder recuperar más. Pero queremos justicia, para que en el futuro no exista más otro Ycuá Bolaños. Estamos muy dolidos por la parte judicial, que acá en nuestro país no funciona y los derechos humanos son pisoteados. La vida es el más grande regalo que Dios nos dio. Hace tres años que mis hijas y mi nieto partieron y mi vida es un vía crusis con el solo hecho de recordar, estar todo el día llorando. Nosotros no tenemos consuelo...Cada vez se acentúa más ese dolor por la añoranza que sentimos. A Dios de todo corazón le pedimos que tengamos jueces justos. Entre todos los inhibidos debe haber un juez cristiano que haga justicia. Pedimos justicia para el pueblo paraguayo, un pueblo tan pisoteado por la injusticia, y especialmente nosotros, las víctimas de Ycuá Bolaños”.
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Lourdes Romero (Profesora Lic. en Contabilidad, 40 años de Asunción)

“Fue el día más horrible de mi vida. Yo recibí la noticia cuando estaba en el sanatorio con mi hijito. Mis dos hermanas estaban en el supermercado. La enfermera me dice: Señora, no quiere poner un canal paraguayo, se está incendiando un supermercado. - ¿Qué supermercado?, le dije yo. - Y el Ycuá Bolaños... - ¿De dónde es? - Botánico. Ahí empezó mi vía crusis. Yo le abandoné a mi hijo menor y vine para estar con mi mamá y mi papá, ya que no pude llegar a mi casa. Pregunté dónde derivaban a las víctimas y me dijeron que la mayoría iba a IPS. Ahí empecé a buscar habitación por habitación los siete pisos, de arriba a abajo. Después terminé en la sala de urgencias, donde había entre 20 ó 30 cadáveres. Pregunté la razón y me dijeron por la falta de oxígeno. Yendo a Emergencias Médicas me enteré que falleció mi hermana menor. Me dijeron que en Tropic Club estaba el cuerpo de ella. Entré ahí, retiré su cadáver y seguí buscando a mi hermana mayor y a mi hijo. A mi hijo le encontré recién el 5 de agosto y los restos de mi hermana me entregaron a los un año y 10 meses después, su reconocimiento se hizo a través de ADN. Fueron los días más terribles y seguimos recordando todo y nuestro dolor se acrecienta por esta injusticia. Perdimos tres familiares y estamos tan dolidos porque nuestra justicia no actuó como debió. Y por culpa de los jueces deshonestos estamos así. Y vamos a seguir pidiendo hasta que se haga justicia aquí en la tierra primero”.
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Bersabé Meza Vda. de Brizuela (Funcionaria pública, 48 años de Asunción)

“Desde el 1-A soy viuda, mi marido tenía 52 años, era Ingeniero Industrial y de Obras. Los fines de semana, él hacía de ama de casa, ese día cocinó y le faltaban algunos ingredientes para completar el plato que estaba preparando, yo le dije que compre de por aquí cerca, que no era necesario que se vaya hasta el Ycuá, él me dijo bueno, pero se fue al supermercado. Al oir por todos los medios lo que estaba pasando, me entró una corazonada terrible. Le dije a mi hijo, ¿será que tu papá no está ahí?, ¡andá buscale! Mis hijos y yo nos movilizamos, fuimos a IPS, a Emergencias Médicas, lo buscamos por todas partes. Mi hijo mayor y el menor de los varones fueron a buscar en el Ycuá, a las cuatro de tarde encontaron a su papá, lo reconocieron en el Tropic Club. Además, uno de los fuertes de mi marido en su profesión de Ingeniero era prevención contra incendios. Él solía trabajar en el Ycuá en los arreglos de transformadores, incluso llegó hasta Paiva con un proyecto sobre prevención de incendios y él le dijo: “péa hepýma”. Es por todo esto que no voy a olvidar hasta que se haga justicia, ya que la única lucha que se pierde es la que se abandona”.
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Luis Acha (Empleado público, 58 años de Asunción)

“Alrededor de las 11:20 se escuchó una explosión que venía de la zona del supermercado, fui inmediatamente hacia el Ycuá, sabía que mi esposa estaba allí. Llegué, quise entrar por todas las entradas posibles pero no había caso, se escuchaban gritos de desesperación y no había forma de ingresar, el humo negro no dejaba ver absolutamente nada. Empezamos a tirar piedras por el edificio, queríamos romper, tratar de hacer un hueco por lo menos, oxigenar a la gente, era desesperante. Una vecina me dijo “a tu esposa la llevaron en una camioneta”, ahora pienso que fue una mentira piadosa. Vine a casa y con mis hermanos e hijos empezamos a buscar en todos los sanatorios, no hubo caso; a las 15:30 aproximadamente decido enviar a mi hijo mayor a la morgue y encontró allí a su madre. Mi esposa no tenía quemaduras graves, murió de asfixia. Nuestro consuelo es ¡qué suerte que no se quemó todo, qué suerte que la encontramos el mismo día!, como si eso fuera común y corriente, ¿no es triste consolarse así?
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Clara Benítez Yegros (Periodista y docente, 30 años de Asunción)

“No tengo familiares directos que hayan sido víctimas de incendio del 1-A, sí cuatro primos sobrevivientes y una tía fallecida en consecuencias posteriores. La tragedia del Ycuá nos sirvió porque nos creó a todos una nueva familia y aprendimos a no callar y exigir justicia. Ahora estamos esperando el segundo juicio oral y público, esperamos que los jueces castiguen a los culpables y lo hagan sin privilegios. Las víctimas del Ycuá Bolaños se convirtieron en defensores de la vida y nuestro aprendizaje fundamental es “silencio nunca más”. En estos tres años las víctimas de la tragedia del 1-A, quisimos crear conciencia en la gente para que reclame en los lugares donde vaya, seguridad. Una de nuestras consignas es “la vida no tiene precio”.

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