La expresión “pacto político” ha sido tan bastardeada que su sola mención causa escozor a la ciudadanía. Con toda razón se la asocia con una bochornosa repartija de cargos públicos, o de los llamados “espacios de poder”, que a su vez no son otra cosa que cargos para distribuir más cargos, todo a costilla del pueblo. El nuevo pacto del que se ha estado hablando estos días no parece alejarse de esa tendencia perversa. Pactar no es malo en sí mismo. De hecho, es parte esencial del proceso político y, hasta cierto punto, su razón de ser. Ahora bien, si Fernando Lugo y sus aliados, o quien fuera, intercambian con la oposición cargos por votos en el Parlamento, eso no es un pacto, es una transada, una simple y vergonzosa compra de conciencias.
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