Por Jorge Benítez C.
Fuentes con las que he hablado en varias ocasiones, cara a cara y por teléfono, me han dado fuertes indicios de que tras la privatización, en Acepar ha existido una especie de duende, alguien quien de primera mano escuchaba –quizá sin ser visto o sin ser tenido en cuenta– las conversaciones en torno a una larga mesa que existía en las oficinas de la siderúrgica y a la que se sentaban habitualmente los ingenieros Guillermo Stanley y Juan Carlos Canese, a veces para bosquejar turbios argumentos para pedir al Gobierno laudos arbitrales y quitas sobre el precio de US$ 35 millones fijado en el contrato de compra.
No hay varita mágica con la que podamos tocar la piel de los pobres y resolver instantáneamente la pobreza de casi la mitad de nuestra población. No hay trucos, ni mago ni magia con poder de transformar mágicamente una sociedad enferma en una sociedad sana, equitativa y justa. Las causas de la pobreza están activas desde hace muchos años y ningún gobierno ni grupo político en el poder, ni las sociedades civiles coetáneas han sido capaces de desactivarlas.
Esta es una conversación, entre amigos, que escuché sobre el tema Montanaro: “Mucha gente quiere que tengamos otro Montanaro para poder recuperar la seguridad que se ha perdido en el país, ahora ya no se puede andar tranquilo ni siquiera en la casa”. Otro replicó: “Montanaro era un sanguinario que no tenía problema de sacar, aunque por equivocación a un hombre de su cama y llevarlo a la cámara de tortura por pensar distinto”. Un tercero aparece en escena y dice: “Hay que tener en cuenta la época”, De inmediato se vino la contraofensiva: “los únicos que les quieren a Montanaro son los que se beneficiaron con la dictadura”.
SALAMANCA. En su película documental “Noche y Bruma” (1955) sobre los horrores del nazismo, Alain Resnais (Bretagne, 1923) muestra una fotografía tomada durante un cumpleaños infantil. El niño con un sombrerito, la torta con las velitas y toda la decoración del caso.Atrás, su madre y su padre, este con uniforme militar. El narrador de la película comenta que ese padre de familia aparentemente tan normal, tan hogareño, tan cariñoso con el pequeño, era uno de los que conducían a los judíos a la cámara de gas en el campo de Auschwitz. Después de realizar su trabajo, regresaría a su casa como lo hace todo padre de familia.
Por Delfina Acosta
Una amiga me comentó hace poco tiempo que un hombre y una mujer mayores de sesenta años habían decidido contraer matrimonio.
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