Una vez firmado el Tratado de Límites llegó el momento de proceder a la demarcación de la nueva frontera. Plazos exiguos fueron señalados para ejecutar esa importante tarea. El Paraguay designó demarcador a un héroe de la guerra, formado en Inglaterra, el Capitán Domingo Antonio Ortiz. El Brasil constituyó una numerosa Comisión. Y en las instrucciones que expidió a sus demarcadores apareció la confirmación de lo que estaba implícito en el Tratado: todos los Saltos del Guairá debían quedar dentro de la soberanía territorial exclusiva del Paraguay.
Sobre los escombros humeantes de la Patria gloriosamente derrotada se ponen los plenipotenciarios a trazar los límites de lo que restaba del Paraguay. Resuena siniestro, una vez más en la historia, el “vae victis” de los vencedores. El Imperio dicta su voluntad. Falcón, el experto conocedor de los derechos paraguayos, es sustituido por Loizaga que a todo se presta y firma el 9 de enero de 1872 el tratado que quiere el Brasil. El Paraguay pierde definitivamente sus dos provincias históricas: el Guairá y el ltatín. En el parlamento se levanta la dolorida y altiva voz de Cirilo Solalinde que en vano impetra contra la mutilación pero el tratado es aprobado, porque por lo menos se salvan los Saltos del Guairá.
Desde sus osarios, un millón de paraguayos perpetuamente proclaman a las generaciones que prefirieron la muerte antes que capitular ante el Imperio del Brasil y sus pretensiones territoriales que tendían a convertir al Paraguay en un “fantasma de nación”. Con el mismo concepto, el mariscal López, que encarnó la resistencia nacional, escribió la página inmortal de Cerro Corá. Y entre los bienes por los cuales el pueblo paraguayo y su indómito caudillo derramaron su sangre, estaban los Saltos del Guairá.
Dos meses antes de entregar el poder, los sandinistas se apropiaron de cuantiosos bienes estatales. Los guerrilleros que habían llegado pobres al poder se convirtieron, de la noche a la mañana, en parte de una nueva burguesía. La acción de apoderarse de ricas propiedades minó para siempre la ética y la credibilidad política del FSLN.
Memorables fueron los debates que en 1855 y 1856 hubo en Asunción y Río de Janeiro. Los voceros del Paraguay fueron Francisco Solano López y José Berges. Hubo que confrontar una nueva tesis brasileña, obra maestra de sutileza, cuyo objetivo fue traer muy adentro los límites del Imperio. Pero los plenipotenciarios paraguayos refutaron los alegatos de sus contendores y quedó evidenciado, una vez más, que el Brasil ninguna posesión tenía en los vastos territorios que pretendía, entre ellos los que circundaban los Saltos del Guairá.
La falta de libertades políticas y el diseño de un Estado de corte totalitario por parte de los sandinistas obligaron a sectores de la oposición a empuñar las armas. Estados Unidos respaldó abiertamente a los combatientes contras. Los intereses geopolíticos de las grandes potencias y la división en la sociedad nicaragüense, promovida por la revolución, generaron un nuevo conflicto bélico.
La iglesia Católica de Nicaragua percibió tempranamente la inclinación marxista de funcionarios del gobierno revolucionario. A los religiosos les preocupaba la educación atea que se impartía a la juventud, junto a valores que no se correspondían con la idiosincrasia del nicaragüense. El Gobierno apoyó a los teólogos de la liberación que desafiaban a la tradicional jerarquía católica.
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