Conocemos tres libros recientes que tienen a Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1469-1527) como consultor de empresas: Maquiavelo, el primero que se comió el queso; Maquiavelo en la empresa, y Maquiavelo: leciones para directivos. Sus autores compiten en imaginación para encontrar en el autor de El Príncipe, cualquier pensamiento –aunque no venga al caso– a fin de acomodarlo a las actividades empresariales. O sea, al interés profesional del autor y de los posibles lectores que podrían sentirse halagados de recibir las enseñanzas, para mejorar su industria o su comercio, de nadie menos que del célebre político y diplomático.
Augusto Casola fue, en los años setenta del siglo XX, uno de los exponentes en la literatura paraguaya del pesimismo existencial y de la denuncia de la asfixia social reinante. Su novela El laberinto (1972), el poemario Veintisiete silencios (1975), y el libro de cuentos La catedral sumergida (1984) lo convirtieron en uno de los más firmes representantes junto a Jesús Ruiz Nestosa de la llamada narrativa paraguaya del exilio interior durante la dictadura de Stroessner.
1 No es secreto para nadie que el mayor problema, principal tema y preocupación, de los paraguayos en el año 2006 es el empleo, la falta de empleo o cómo conservarlo o cómo generarlo y, tristemente, a veces por repetido, no miramos la carga que contiene. Tener un empleo es saber que un lunes es diferente que un domingo; es tener un lugar en un espacio productivo, una identidad o una tarea; es poder contribuir en los lazos sociales; es poder pagarse las necesidades, pero es, esencialmente, mucho más. No tener empleo es estar despojado del deseo, de lo que liga, satisfactoriamente a un pedazo de la realidad, al sujeto humano.
El se llamaba René Dávalos. Murió tempranamente, pues los dioses llaman pronto a las mejores criaturas de su creación. Y partió muy lejos con lo que tenía puesto: su traje y su poesía. En estos días, revisando los libros de mi biblioteca, me encontré con un libro de su autoría, perteneciente a la colección “Cuadernos del Colibrí”. Hallé, de puño y letra, en la página primera del texto, unas palabras dirigidas al poeta y crítico literario Roque Vallejos: “Para mi amigo Roque Vallejos, a quien debo mucho de mi vida y casi toda mi poesía, con todo cariño. René.” La fecha, lejana: Nueve de octubre de 1966.
Los versos de la poetisa villetana Alice Roux Reiniger nos traen a la memoria la dulzura de la poesía. Ella, en sí, es un hecho poético, de blando hablar, y de comunicación espontánea. Leyendo los poemas de su libro primero Alice... poemas del corazón, uno se encuentra ante una mujer que en la diversidad de la palabra tenue, calladita, nos va entregando la dulzura de su recién nacido hijo, que entre encajes y sedas arrugadas, nos mira con los ojos llenos de ternura.
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