Con esa obsesión que tenemos los seres humanos por los aniversarios, la coincidencia de números redondos entre los doscientos años del nacimiento de Charles Robert Darwin, el científico más influyente de la historia moderna, en 1809, y los ciento cincuenta años de la publicación de su obra máxima La evolución de las especies, en 1859, constituye una tentación casi irresistible para hablar sobre él, sobre todo cuando, inverosímilmente, ciento cincuenta años no han resultado tiempo suficiente para que su teoría deje de resultar objeto de persistente y muy vehemente debate, en gran medida a causa de la sistemática negación del evolucionismo por parte de variadas confesiones religiosas, que consideran que atenta contra sus relatos sagrados de la creación.
Una fría y luminosa mañana del 28 marzo de 1941, la escritora Virginia Woolf se llenó sus bolsillos con piedras y se metió lentamente al río Ouse, cercano a su casa de Sussex, luego de haber dejado sendas notas de despedida a su esposo y a su hermana. De esta manera, en un último acceso de locura, ponía fin a una vida perseguida por el dolor.Virginia junto con James Joyce son los principales referentes de la literatura moderna. Tanto es así que pocos escritores escapan a su influencia en la renovación narrativa. Fecunda creadora, Virginia Woolf lidera la producción literaria inglesa del siglo XX, y también, junto con su compatriota Doris Lessing, el movimiento feminista literario.
En este mismo Suplemento Cultural, decíamos el 6/7/08 que “La educación paraguaya es una de las peores”, y lo decíamos a propósito de un lapidario informe de la Unesco sobre la educación en América Latina. Posteriormente, el 1/3/09, en este mismo medio, nos hemos reafirmado en nuestra tesis de que la política educativa que tenemos no va revertir la situación de analfabetismo funcional en castellano que afecta a nuestra sociedad, salvo contadas excepciones.
Ha aparecido la novela Sombras sin sosiego de la autora paraguaya Lourdes Talavera. A partir de la lectura del texto uno entra en el ánimo de la protagonista, una mujer marcada por el pasado de sus padres. Esta es una historia que tiene muchas confluencias, dicho sea.
Los elementos naturales de la poesía suelen ser el mar, la nieve, la flor en la rama, el ciervo escurridizo, los arrecifes, los valles, aquel paisaje atravesado por los remos del canoero que sube la corriente del río dorado y espejeante. Nada de esto encontrará el lector en los poemas de Rafaela Pinto, porque la escritora y poetisa toma como paisaje el hombre, el ser humano de anteayer, de ayer, de hoy, que se multiplica en su dolor, en sus angustias existenciales, en su espera de una voz divina, en su amor sin cura.
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